DE MADRUGADA Y CONTRA LA CALLE: AVANZA LA REFORMA LABORAL
El pueblo salió a las calles para gritar su rechazo. El Senado, en cambio, avanzó en la dirección opuesta: de madrugada otorgó media sanción a un proyecto que el oficialismo vende como una “modernización” laboral, pero que para amplios sectores representa un retroceso en derechos conquistados.
OPINIÓNLAURA FERRARIS
2/12/2026


AUTORA
Laura Ferraris
La reacción fue inmediata. Desde la sede de la CGT marcharon en conjunto las tres centrales sindicales —CGT, CTA de los Trabajadores y CTA Autónoma— junto a gremios y organizaciones sociales. En San Juan, la movilización reunió a múltiples sectores que colmaron la Plaza 25 de Mayo entre banderas, consignas y la lectura de un documento que sintetizó el rechazo a la reforma.
Mientras tanto, en Buenos Aires, la tensión crecía alrededor del Congreso. La calle expresó lo que el recinto parecía decidido a ignorar: que el debate laboral no es técnico ni abstracto, sino profundamente político y social.
El voto sanjuanino
La sesión dejó expuestas posiciones claras. El senador Bruno Olivera, de La Libertad Avanza, votó a favor del proyecto y defendió la iniciativa como una herramienta para reducir litigios y dar previsibilidad a las empresas. Desde el peronismo, los representantes sanjuaninos rechazaron la reforma. La senadora María Celeste Giménez la definió como un “retroceso histórico” y advirtió sobre el deterioro del empleo bajo la actual gestión.
El resultado —42 votos a favor y 30 en contra— consolidó una media sanción que redefine reglas clave del mundo laboral y que, para sus detractores, inclina la balanza hacia el empleador en una relación ya de por sí desigual.
Cambios que reconfiguran el trabajo
El proyecto introduce modificaciones profundas. Habilita acuerdos para pagar salarios en moneda extranjera bajo esquemas ligados a productividad, reduce la base de cálculo de las indemnizaciones y establece mecanismos de actualización y pago en cuotas que alivian a las empresas pero limitan la reparación al trabajador despedido.
A esto se suma la creación del Fondo de Asistencia Laboral (FAL), un sistema optativo que reemplaza parcialmente el esquema indemnizatorio tradicional y que genera interrogantes sobre su impacto en la seguridad social. También se flexibilizan las vacaciones y se incorpora el “banco de horas”, trasladando a la negociación individual lo que históricamente fue una garantía colectiva.
Derecho a huelga bajo presión




Uno de los núcleos más sensibles es la ampliación de los servicios esenciales y la creación de la categoría de “servicios de importancia trascendental”, que obligan a sostener altos niveles de funcionamiento aun durante medidas de fuerza. Para sindicatos y especialistas, estas disposiciones restringen de hecho el derecho a huelga, pilar histórico de la organización obrera.
En paralelo, la reforma endurece el régimen sindical: condiciona asambleas, tipifica bloqueos como faltas muy graves y altera la jerarquía de los convenios colectivos, favoreciendo acuerdos de empresa incluso cuando resulten menos beneficiosos.
Lo casi inentendible de esto, es que esta reforma se vendió plantando la idea de que se pondría un límite a los “gordos” sindicalistas, obviando que los únicos afectados son lxs trabajadorxs que se ven limitados en todos sus derechos por el odio implantado hacia el sindicalismo.
Flexibilización con nombre propio
La eliminación de la ultraactividad de los convenios, los incentivos a la registración y el régimen de regularización laboral completan un paquete que el oficialismo presenta como estímulo al empleo formal. Sin embargo, sus críticos advierten que la reforma consolida una lógica de flexibilización que traslada riesgos al trabajador en un contexto económico ya frágil.
La postal no es menor: mientras miles se manifestaban, el Congreso aprobaba cambios que impactan e impactarán directamente sobre la vida de quienes viven de su trabajo.
Para sindicatos y organizaciones sociales, la reforma no es un hecho aislado sino parte de una orientación política más amplia que —según denuncian— prioriza la flexibilización por sobre la protección del trabajador. En ese marco, la media sanción aparece como un nuevo capítulo de una disputa histórica entre capital y trabajo que hoy vuelve a encenderse.
La movilización como respuesta
El artículo 44, que reduce la cobertura salarial ante enfermedades no laborales y refuerza controles médicos patronales, es otro ejemplo de una orientación que privilegia la disciplina laboral por sobre la protección social.
El trasfondo del conflicto
Más allá de la técnica legislativa, la discusión expone una disputa de fondo: quién asume los costos de la crisis y qué modelo de relaciones laborales se pretende construir. La reforma redefine equilibrios históricos en favor de la empresa, bajo la promesa de dinamizar el empleo. Sus detractores sostienen que ese camino profundiza la precarización y debilita la capacidad de defensa colectiva.
No se trata solo de números o artículos legales: se trata de la vida cotidiana de millones de trabajadores que negocian desde una posición estructuralmente desigual. la pregunta seguirá siendo la misma: ¿con qué herramientas un trabajador discutirá de igual a igual con una empresa multinacional?
Esta libertad prometida en la negociación ya sucedió con la derogación de la Ley de Alquileres que, supuestamente, iba a tender a bajar los precios de los alquileres, sumado a que se podría negociar libremente con los dueños de propiedades, ¿qué sucedió? Los propietarios subieron requisitos, precios y condiciones y quienes no les queda otra que alquilar tuvieron que obedecer. En materia laboral sucede el mismo paradigma.
Lo que está en juego
Esta reforma no impacta en abstracto. Afecta a quienes dependen de su salario para sostener un hogar, a quienes enfrentan jornadas extendidas, despidos o enfermedades sin red suficiente. En ese escenario, la supuesta modernización aparece para muchos como una redistribución del riesgo en favor de los sectores más fuertes.
La media sanción no cierra el debate: lo intensifica. Lo traslada a Diputados, a la calle y al terreno judicial. Pero, sobre todo, reinstala una pregunta que atraviesa la historia argentina: si el trabajo será concebido como un derecho a proteger o como una variable a flexibilizar.
Lo aprobado en el Senado no es el final de la historia sino el inicio de una nueva etapa de confrontación política y social. La reacción sindical y popular anticipa que el conflicto no quedará encerrado en el Congreso. Porque cuando se discuten derechos laborales, no se debate solo un texto legal: se disputa el sentido mismo del trabajo, la dignidad y el equilibrio de poder en la sociedad. Y esa discusión —lejos de apagarse— recién empieza.




