LA TIERRA TIEMBLA EN CARACAS Y EL RUGIDO IMPERIAL CRUZA MARES Y CORDILLERAS

El ataque de Estados Unidos a Venezuela no es un hecho aislado: es la hoja de ruta del retorno del imperio yankee en América Latina

OPINIÓNDAVID ALOS

1/3/2026

AUTOR

David Alos

Figuras como Donald Trump y Javier Milei arman discursos grandilocuentes sobre “Dictaduras Socialistas” que supuestamente amenazan la libertad. Pero si miramos la historia con ojos críticos y memoria amplia, la verdad quema como el sol en altura: las dictaduras más sanguinarias del mundo siempre han salido y seguirán saliendo del capitalismo, no del comunismo. Chile, Argentina, Brasil, Guatemala, Uruguay… ¿cuántos nombres y montañas de muertos cargamos por subordinarnos al libre mercado y al capital? ¿Cuántos pueblos fueron doblegados por dictadores apoyados por potencias que hablaban de “orden” mientras aplastaban a sus propios pueblos?

No se trata de romanticismo ideológico, sino de realidad histórica: cuando el capital y su lógica se sienten amenazados, no debaten; intervienen.

¿Con qué derecho?

Aquí está la gran pregunta que pocos quieren responder de frente: ¿con qué derecho un país interviene en la soberanía de otro?

Bajo qué banderas se arremete contra un pueblo que eligió a sus gobernantes —aunque nos guste más o menos— si no es bajo el paraguas de intereses geopolíticos, económicos y estratégicos. ¿Libertad? ¿Democracia? No. Eso fue el pretexto para engrasar los cañones y justificar lo injustificable.

La idea de “liberar” a otro cuando se hace desde la fuerza es, en realidad, el viejo disfraz del dominio. Estados Unidos llama libertad a lo que deja países en ruinas: Irak “liberado” con ciudades arrasadas y millones de muertos; Afganistán “democratizado” tras veinte años de ocupación y abandono; Libia “salvada” para convertirse en un Estado fragmentado, atravesado por milicias y esclavitud moderna.

Esa es la pedagogía imperial: bombardear primero, explicar después, y retirarse cuando el territorio ya no sirve, dejando pueblos rotos, economías devastadas y generaciones enteras condenadas a reconstruir sobre escombros. La libertad que llega en misiles externos nunca fue libertad: es imposición, es saqueo, es el derecho del más fuerte convertido en política exterior. Y cada vez que ese libreto se repite, la palabra libertad pierde sentido y queda desnuda, convertida en una excusa para mandar, disciplinar y extraer.

¿Dictadura fuera y dentro?

Maduro fue electo, aun cuando sectores de la oposición y potencias extranjeras cuestionan esos comicios. Acusarlo de “régimen” o “dictadura” sin esa misma vara para otros gobernantes —quienes generan insatisfacción interna comparable o mayor— es hipocresía.

Si usar insultos y estigmas nos basta para denominar dictadura a quien no nos gusta, entonces deberíamos preguntarnos: ¿qué es lo que realmente llamamos dictadura? ¿Quiénes son los salvadores en esa narrativa y quiénes los villanos? ¿Nos gobiernan dictadores o nos gobierna el miedo a nombrar poder por su nombre?

Porque si dictadura es gobernar de espaldas al pueblo, entonces el problema no es el nombre propio sino el sistema que legitima el saqueo, la represión económica y la entrega de soberanía. Dictadura también es condenar a millones al hambre en nombre del mercado, ajustar con crueldad y celebrar la exclusión como si fuera mérito. Pero de eso no se habla cuando el poder responde a los intereses correctos. Por eso algunos gobiernos son llamados “régimen” y otros “reformas necesarias”.

Hoy, mientras explosiones y banderas flamean en Caracas, debemos mirar más allá del humo: Estados Unidos no atacó Venezuela por “libertad” ni por “democracia”. La operación militar ordenada desde Washington —que incluyó bombardeos, incursiones y la captura del presidente Nicolás Maduro— no cae del cielo, es la culminación de un siglo de intervenciones y violaciones flagrantes de soberanía en nuestra América Latina.

La falacia de las “dictaduras socialistas”

No es una cuestión de democracia: es una cuestión de alineamiento. Y mientras aceptemos esa doble vara, seguiremos confundiendo villanos con enemigos ideológicos y salvadores con administradores del daño. Nombrar el poder por su nombre es el primer paso para dejar de obedecerlo.

Recursos, narcotráfico… y la guerra como negocio

De nuevo, Estados Unidos recurre a excusas —“narcoterrorismo”, “lucha contra la droga”— para intervenir donde encuentra recursos naturales estratégicos como el petróleo. Este patrón no es nuevo: se ha intentado con presidentes autoproclamados, con presiones económicas, con golpes suaves… y cuando no funciona, aparece la guerra. El mismo sistema que creó crisis para justificar injerencias ahora reclama que su intervención es orden y paz. Esa lógica es vieja, y para los pueblos latinoamericanos, trágicamente familiar.

Cuando las cosas no salen como Estados Unidos quiere, la democracia deja de ser un valor y pasa a ser un obstáculo. Si las urnas no obedecen, se deslegitiman; si los pueblos no se arrodillan, se sancionan; si la economía no colapsa sola, se la empuja; y si nada de eso alcanza, entonces aparecen los portaaviones, las bases militares y los discursos solemnes sobre la paz. Así funciona el manual: primero el consejo, después la presión, más tarde el castigo y, como último recurso —aunque siempre el preferido— la guerra. No es defensa, es berrinche imperial con presupuesto infinito. Y cada vez que el imperio pierde su chiche del momento, responde como sabe: no aceptando el resultado, sino cambiando el tablero a fuerza de bombas.

Milei y el uso del conflicto como distractor

En Argentina, el gobierno de Javier Milei utiliza esta intervención como excusa perfecta para volver a señalar enemigos mientras ejecuta, puertas adentro, su propio programa de devastación social.

Ataca a Lula da Silva porque le incomoda un modelo que demuestra que se puede gobernar para el pueblo sin arrodillarse al mercado. Mientras tanto, impulsa una reforma laboral que legaliza la precariedad, desfinancia políticas que sostienen a millones en situación de vulnerabilidad, vacía la salud pública y avanza deliberadamente contra las universidades nacionales, porque el conocimiento crítico también es una amenaza para su proyecto.

Milei no defiende la libertad: administra el ajuste, naturaliza el sufrimiento y llama mérito a la exclusión. Por eso aplaude las bombas ajenas, se alinea con el imperio, celebra lo que se presenta como “avances de la libertad” y justifica la injerencia extranjera: porque su idea de libertad es la misma que la del imperio, una libertad para pocos, construida sobre el hambre de muchos.

Y no, la libertad no se celebra con misiles, ni con motosierra, ni con golpes a la soberanía ajena: la libertad se construye con derechos, con trabajo digno, con educación pública y con pueblos que deciden su destino sin tutelajes ni amos.

Lo que realmente está en juego: nuestra propia soberanía

Estar alineados con Estados Unidos no solo significa avalar ataques en otras tierras, significa que nuestra propia soberanía está en riesgo. Cuando abrimos las puertas a que otros decidan por nosotros, el peligro no queda en el horizonte: se mete en nuestra casa, en nuestras instituciones, en nuestras vidas.

Si esto se vuelve costumbre, luego será una estructura difícil de quebrar. Y mientras miramos hacia afuera, el foco de la guerra podría reposar también sobre nuestro territorio.

Y no, no se trata de paranoia ni de teorías conspirativas. Basta con mirar lo que hoy sucede en Venezuela y lo que ya ocurrió en tantos otros países para entender cómo opera el poder imperial cuando alguien intenta salirse del guión. La historia es clara: primero viene la alineación dócil, después la dependencia, y cuando un pueblo decide cortar la correa y romper las cadenas, llega el castigo.

No es una hipótesis extravagante, es un patrón repetido. El imperio no tolera la desobediencia, y sus berrinches —cuando se siente desafiado— nunca son simbólicos: siempre se pagan con soberanía, con vidas inocentes y con el futuro tirado a la basura.

El imperialismo avanza, pero la resistencia se levanta

No es nuevo ni accidental. Antes de los misiles y los discursos sobre libertad, estuvieron los manuales de la CIA, los vuelos de la muerte y los despachos secretos. El Plan Cóndor no fue una teoría: fue una coordinación continental del terror, financiada y dirigida desde Estados Unidos, que dejó dictaduras, centros clandestinos, presidentes electos derrocados o asesinados, artistas silenciados, militantes desaparecidos y pueblos enteros disciplinados a sangre y fuego. Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay: nombres distintos para una misma arquitectura del horror. Estados Unidos no fue espectador: fue ingeniero, financista y garante del último gran genocidio latinoamericano.

El ataque de Estados Unidos a Venezuela no es un hecho aislado: es la continuación de esa historia donde la hegemonía del norte interviene, apoya dictaduras sangrientas y subordina pueblos enteros cuando sus intereses están en juego. La historia nos exige no repetir los errores del pasado, no caer en narrativas que nos dividen y, sobre todo, no entregar nuestra soberanía en bandeja de plata a quien ya demostró, una y otra vez, que su idea de orden se construye sobre cadáveres.

La lucha por la autodeterminación no termina con un titular. Está en cada decisión, en cada palabra crítica, en cada acto de solidaridad entre pueblos que se niegan a ser marionetas de un imperio voraz. Hoy, más que nunca, la memoria colectiva y el pensamiento crítico son nuestras armas frente al rugido de los cañones.