CARNAVAL PARA NO MIRAR AL COSTADO

Una muestra que convierte la fiesta en escena colectiva y confirma que el teatro, cuando se compromete, también incomoda

COBERTURASLAURA FERRARIS

2/28/2026

AUTORA

Laura Ferraris

Poetas y delincuentes es la obra en cuestión. Veintidós actrices y actores que, durante poco más de dos horas, construyen un universo coral donde los personajes se reúnen como en un corso. Las historias no se cruzan del todo, pero se rozan, se presienten, se sostienen en esa convivencia de diferencias. Cada intervención suma una mirada distinta, un tono propio, una verdad pequeña que, en conjunto, arma un mosaico potente.

La obra es el resultado del proceso intensivo de quienes asistieron al taller. La asistencia de dirección y el diseño de espacio están a cargo de Paula Botto; la dirección es de Daniel Zalazar; la iluminación, de Fernando “Jáchal” Torres; y la producción, de Julián Riveros junto a Navegantes Teatro y la Cooperativa Teatro de Arte. Se percibe el trabajo colectivo, el ensayo, la búsqueda y, sobre todo, la decisión de hacer del escenario un espacio vivo.

Con una postura crítica clara, la obra aborda diversas temáticas y deja entrever referencias a la actualidad. Esa presencia de lo que nos atraviesa como sociedad le aporta una sensibilidad política necesaria. No se trata de bajar línea, sino de poner en escena lo que muchas veces se susurra. En tiempos donde la realidad golpea fuerte y el desánimo acecha, elegir hablar —aunque incomode— es un gesto valiente.

El carnaval, entonces, deja de ser solo fiesta. Se transforma en metáfora: mientras el cuerpo baila, la palabra señala. Mientras suena la música, algo se denuncia. Carnaval para no mirar al costado no es solo un título posible; es una definición de lo que ocurre en escena. Porque entre poetas y delincuentes, entre risas y tensiones, aparece la pregunta inevitable: ¿qué hacemos con lo que vemos?

Pero este carnaval también tuvo algo de decadente. Como si bajo la purpurina asomaran historias gastadas, plagiadores de gestos ajenos, de textos ajenos, personajes que repiten relatos que no siempre les pertenecen. Hay quienes son conscientes de esa fisura y la exponen con lucidez; otros, en cambio, la habitan sin advertirla. Esa convivencia entre brillo y desgaste, entre máscara y verdad, termina funcionando como un espejo incómodo de la realidad: lo que parece exceso es, muchas veces, síntoma.

Salir de la sala no es simplemente volver a casa. Es llevarse una incomodidad fértil, una chispa. Es recordar que el teatro no está para adormecer, sino para despertar. Y si el carnaval es la fiesta del cuerpo y la alegría, esta obra demuestra que también puede ser la fiesta de la conciencia. Mirar, escuchar y quedarse pensando: eso también es celebrar.

El carnaval es, en palabras simples, la fiesta del cuerpo y la alegría. Es música que irrumpe, es risa compartida, es la posibilidad de ocupar la calle sin pedir permiso. Es ese momento del año donde todo parece desbordar: los colores, los sonidos, las ganas. Con esa idea en la cabeza llegué a Carnaval de Teatro. Imaginé celebración. Y la hubo. Pero también hubo algo más profundo: una invitación a no mirar hacia otro lado.

Desde afuera, con guitarras y aguante, comenzó la muestra del taller intensivo de actuación coordinado por Daniel Zalazar. Ritmos de carnaval, música alegre, un presentador que convoca, una canción grupal que invita a celebrar, espuma en el aire y la puerta que se abre para pasar a la sala. La experiencia empieza en la vereda, en ese primer gesto comunitario que rompe la distancia entre escenario y público.

FOTÓGRAFO

David Alos