CUANDO ATACAN A LA ARGENTINA, TAMBIÉN NOS ATACAN A NOSOTRXS
Hay algo que está pasando con la Argentina que ya no puede llamarse crítica. Se llama campaña. Porque una cosa es discutir nuestros problemas. Otra muy distinta es convertirnos, de un día para el otro, en el ejemplo mundial del racismo. Y ahí es donde hay que decir basta.
EDITORIALDAVID ALOS
7/22/2026


AUTOR
David Alos


No porque seamos un país perfecto. No lo somos. Tenemos discriminación, tenemos prejuicios, tenemos clasismo, tenemos xenofobia, como prácticamente cualquier sociedad del planeta. Lo que no aceptamos es que se construya una mentira para transformarla en verdad a fuerza de repetirla.
Hoy pareciera que cualquiera puede prender una cámara, juntar un par de videos descontextualizados y decretar que la Argentina es uno de los países más racistas del mundo. No. Eso no resiste el menor análisis histórico.
La Argentina fue uno de los primeros países de América en avanzar contra la esclavitud con la libertad de vientres impulsada por la Asamblea del Año XIII. Décadas antes que otros países del continente comenzaba un proceso que terminaría con la abolición de la esclavitud.
¿Eso significa que no existió esclavitud? Claro que existió. ¿Que no hubo discriminación? También la hubo. Pero una cosa es reconocer la historia. Otra es falsificarla.
También escuchamos decir que en Argentina "no hay negros" porque fueron exterminados. La realidad es mucho más compleja. Hubo guerras, epidemias, mestizaje, migraciones y, durante mucho tiempo, una invisibilización de la población afroargentina. Reducir todo eso a un relato simplista no es hacer historia; es hacer propaganda.
Y después aparece otro argumento: "Argentina recibió nazis". Sí, criminales nazis encontraron refugio en distintos países después de la Segunda Guerra Mundial. También en la Argentina. Pero convertir eso en una prueba de que el pueblo argentino es racista es una operación intelectual bastante pobre. Porque esos mismos nazis también fueron recibidos en Estados Unidos, en Canadá, en España y en varios países europeos. La historia es bastante más incómoda que un tuit de doscientos caracteres.
Lo que realmente molesta es la doble vara.
Que desde Estados Unidos nos quieran dar lecciones sobre racismo resulta, como mínimo, llamativo. Un país donde durante décadas existieron leyes de segregación racial. Donde todavía hoy una persona negra tiene más probabilidades de sufrir violencia policial. Donde el color de piel sigue condicionando el acceso a derechos, oportunidades y hasta la forma en que actúa el sistema judicial. No lo decimos para justificar nada. Lo decimos porque nadie puede señalar con un dedo mientras esconde los otros cuatro.
Y de España... Escuchar a algunos españoles hablar del supuesto genocidio argentino sobre los pueblos originarios sin mencionar que fue el Imperio español quien inició la conquista más violenta, el saqueo más grande y uno de los procesos de exterminio cultural más profundos de nuestro continente, es un ejercicio de memoria bastante selectiva.
No estamos diciendo que la Argentina no tenga cuentas pendientes con sus pueblos originarios. Las tiene. Y muchas. Pero la historia empieza bastante antes de la formación del Estado argentino.
Y hay otra cuestión que me parece central. Nos quieren vender la idea de que Argentina es un país blanco. ¿De verdad?
Salgan a caminar cualquier ciudad argentina. Miren nuestras familias. Miren nuestros apellidos, nuestras caras, nuestra comida, nuestra música. Somos españoles, italianos, árabes, judíos, criollos, pueblos originarios, afrodescendientes y tantas otras raíces que sería imposible enumerarlas todas. La enorme mayoría de los argentinos somos mestizos. Negar eso sería negar quiénes somos.
Por eso duele cuando desde afuera nos dibujan como una caricatura europea perdida en Sudamérica. No conocen nuestra historia. No conocen nuestras familias. No conocen nuestra identidad. Y, sobre todo, no conocen este país.
Y acá quiero dejar de hablar de la Argentina como una idea para hablar de algo mucho más personal. Hablar de mí.
Yo soy David Alós. Y cuando escucho a alguien decir que la Argentina es un país racista, no siento que estén hablando solamente de un territorio. Siento que están hablando de mi familia. De mi historia. De las personas que hicieron posible que hoy yo esté acá. Porque en mí conviven raíces turcas, españolas, italianas, criollas y de pueblos originarios. Esa es mi historia. Y también es la historia de millones de argentinos. Somos hijos del encuentro, de las migraciones, del mestizaje, de culturas que llegaron y de culturas que ya estaban acá mucho antes de que existiera este país.
Por eso me duele tanto esta campaña. Porque cuando atacan a la Argentina con mentiras, no atacan solamente una bandera. También atacan a personas concretas. A familias concretas. A identidades concretas. Nos obligan a defendernos de algo que no somos. Nos ponen en un lugar que no nos pertenece.
Y quiero decir otra cosa que me parece fundamental. No confundan al gobierno argentino con la Argentina. Hoy tenemos un presidente que decidió alinearse política e internacionalmente con los Estados Unidos. Esa es una decisión de gobierno. No es una definición de quiénes somos como pueblo. Los gobiernos pasan. La Argentina queda. Ningún presidente puede resumir la identidad de cuarenta y siete millones de personas. Y mucho menos una identidad construida durante más de doscientos años.
De hecho, hace apenas unos días vimos una imagen muy clara de ese divorcio. Mientras los jugadores de la Selección Argentina levantaban una bandera reafirmando que las Islas Malvinas son argentinas, expresando un sentimiento que atraviesa generaciones, el propio presidente eligió cuestionar ese gesto. Ahí quedó demostrado que una cosa es un gobierno y otra muy distinta es un pueblo.
Porque las causas nacionales, la memoria y la identidad no pertenecen a ningún presidente. Pertenecen a la gente.
Criticar a la Argentina está perfecto. Inventar una Argentina para después condenarla es otra cosa. Porque cuando la mentira se vuelve tendencia, deja de ser un error y empieza a parecerse demasiado a una operación. Y frente a las operaciones hay una sola respuesta posible: memoria, datos y dignidad.
Porque la Argentina tiene muchísimos problemas. Pero aceptar que nos definan con una mentira no va a ser uno de ellos.


