CUANDO LA FICCIÓN SE DISOCIA DE LA REALIDAD
A menudo soñamos con habitar las ficciones que nos apasionan, con ser parte de esas historias donde el bien y el mal parecen evidentes. Pero ¿qué sucede si usamos esa misma brújula moral para mirar la realidad? ¿Qué pasaría si, al menos una vez, elegimos pararnos del lado de quienes siempre cargan con el peso del sistema: los débiles, los postergados, los que no tienen poder?
EDITORIALDAVID ALOS
1/10/2026


AUTOR
David Alos


Cuando la disputa es por el ingreso, el trabajo, la soberanía o la dignidad de las mayorías, quienes levantan la voz son rápidamente rotulados como vagos, planeros, radicalizados o violentos. Se los acusa de “no querer que al país le vaya bien”, como si el bienestar de una nación pudiera separarse del bienestar de su pueblo. Y cuando alguien señala el costo real de sostener esas políticas —el hambre, la precarización, la exclusión— la respuesta suele ser el enojo o el silencio: “de política no se habla”, “son todos iguales”, “hay que aguantar”.
La historia argentina y latinoamericana ofrece ejemplos demasiado claros como para seguir fingiendo sorpresa. La última dictadura cívico-militar en nuestro país no fue un desvío inexplicable, sino un proyecto político respaldado por Estados Unidos, orientado a disciplinar al movimiento obrero y a reorganizar la economía en favor de unos pocos. Aun así, décadas después, hay quienes relativizan ese apoyo internacional mientras repiten discursos sobre democracia y libertad.
Lo mismo ocurre hoy cuando el gobierno estadounidense libera a un ex presidente hondureño condenado por narcotráfico, mientras acusa sin pruebas a dirigentes opositores en la región bajo el mismo argumento. La vara no es ética ni jurídica: es política. Y sin embargo, esos dobles estándares rara vez generan el escándalo que merecen.
En ese marco, resulta inevitable preguntarnos qué estamos diciendo —y haciendo— frente al gobierno de Javier Milei. No como figura excéntrica o fenómeno mediático, sino como representante de un proyecto que avanza contra los intereses materiales del pueblo trabajador, desmantela derechos conquistados y profundiza la dependencia económica. ¿Qué decimos cuando se ajusta a los de abajo en nombre de una libertad que nunca llega? ¿Qué decimos cuando se criminaliza la protesta mientras se protege a los verdaderos responsables del saqueo?
Defender cualquier proyecto hegemónico como si fuera una identidad emocional, un fanatismo o una guerra cultural no fortalece la democracia. La vacía. El pueblo no necesita devoción ciega ni discursos mesiánicos: necesita representaciones políticas idóneas, surgidas de su propia experiencia histórica, capaces de disputar poder real y mejorar las condiciones de vida concretas.
La ficción nos enseñó a reconocer a los opresores, a los invasores y a los explotadores. En la realidad, esos arquetipos siguen existiendo, aunque cambien de nombre y de formato. La pregunta, entonces, no es si sabemos identificarlos. La pregunta es por qué, teniendo la información, la historia y la experiencia, tantas veces elegimos justificarlos.
Porque la neutralidad, cuando el poder avanza sobre los derechos del pueblo, no es neutralidad: es toma de posición.
Y la historia —esa que tanto nos gusta consumir como relato— no se observa desde afuera. Se vive. Se discute. Se pelea.
Desde Escalando Alturas creemos que ese es el punto donde la ficción deja de alcanzarnos y la realidad nos exige algo más: memoria, coherencia y compromiso político con quienes siempre pagan el costo del silencio.


Existe una paradoja difícil de ignorar en nuestra forma de leer el mundo. En la ficción —sea en el cine, la literatura, las series o los cómics— solemos identificar con rapidez quién detenta el poder, quién oprime y quién resiste. Reconocemos las injusticias estructurales, celebramos a quienes se rebelan contra sistemas crueles y entendemos, casi sin esfuerzo, que el conflicto no es moral sino político: hay intereses enfrentados, hay dominación y hay resistencia.
Sin embargo, esa claridad se diluye cuando la pantalla se apaga y la historia deja de ser un relato ajeno para volverse realidad cotidiana.
En la vida concreta, aquello que en la ficción denunciamos suele transformarse en algo tolerable, justificable o incluso necesario. Los mismos mecanismos de poder que nos indignan en una película pasan a ser defendidos cuando adoptan nombres propios, banderas nacionales o discursos tecnocráticos o meritocráticos. La rebelión deja de ser heroica y se vuelve molesta; la organización popular deja de ser épica y pasa a ser sospechosa.
Esta contradicción no es casual. Es el resultado de un proceso largo de disciplinamiento social que nos enseñó a desconfiar de quienes luchan por transformar la realidad, mientras naturaliza el accionar de los poderes concentrados.
Cuando la disputa es por el ingreso, el trabajo, la soberanía o la dignidad de las mayorías, quienes levantan la voz son rápidamente rotulados como vagos, planeros, radicalizados o violentos. Se los acusa de “no querer que al país le vaya bien”, como si el bienestar de una nación pudiera separarse del bienestar de su pueblo. Y cuando alguien señala el costo real de sostener esas políticas —el hambre, la precarización, la exclusión— la respuesta suele ser el enojo o el silencio: “de política no se habla”, “son todos iguales”, “hay que aguantar”.
