CUANDO SU LIBERTAD NOS ENCANDILA
En la era del “sí, vos podés”, el cansancio ya no viene de la prohibición sino del exceso. Productividad permanente, autoexigencia, exposición constante y una idea de libertad que, bajo su brillo, esconde nuevas formas de control. Detenerse, hoy, no es fracasar: es resistir.
OPINIÓNDAVID ALOS
1/28/2026


AUTOR
David Alos
Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, supo ponerle palabras a ese cansancio que no se ve pero se siente en el cuerpo, en la cabeza y en el ánimo. Un cansancio que no nace de la prohibición, sino del exceso. Ya no vivimos bajo el grito autoritario del “no debés”, sino bajo el susurro persistente y seductor del “sí, vos podés”. Ese poder —presentado como autonomía— se vuelve mandato. Y el mandato, cuando se internaliza, se vuelve más eficaz que cualquier forma de dominación externa.
El sujeto contemporáneo - es decir, nosotrxs - no trabaja para obedecer, sino para superarse. No producimos por miedo al castigo, sino por deseo de éxito, reconocimiento, visibilidad. Pero en esa aparente libertad que habitamos, se esconde una servidumbre nueva, más pulida, más eficiente: la del rendimiento como modo de existencia. Ya no hay un amo visible; el amo vive dentro nuestro, habla con nuestra propia voz y nos exige más, siempre más.
Si las sociedades disciplinarias del pasado se sostenían en la negatividad —en el límite, en la falta, en la prohibición— la nuestra se funda en la positividad infinita. Todo es posible, todo está disponible, todo depende de vos. Nadie nos impone nada: nos lo imponemos todo nosotrxs. Ser saludables, felices, creativxs, deseables, exitosxs. Convertimos la vida en un proyecto de optimización permanente, en una empresa personal que nunca cierra, que nunca descansa. Y quien se autoexplota no puede rebelarse: solo puede agotarse.
La violencia de este tiempo no entra por la fuerza: entra sonriendo. No baja con uniformes ni órdenes secas, sino con notificaciones, promesas y estadísticas. Se filtra en forma de estímulo constante, de oportunidades que no se pueden dejar pasar, de métricas que miden cuánto valemos. Es una violencia suave, brillante, que se presenta como empuje y termina siendo asfixia.
No castiga: satura. No prohíbe: ilumina hasta dejar sin sombra. El desgaste ya no viene de la falta, sino del exceso. Todo debe decirse, mostrarse, exponerse. La transparencia se erige como credo de época y, en ese gesto, aplana la profundidad. Lo que no se ve no existe; lo que no circula no importa. Las vidas se ordenan como vitrinas, las ideas se reducen a frases breves, y el yo queda disponible, listo para ser consumido, evaluado y descartado.
En ese paisaje aparece con fuerza el concepto de panóptico digital que desarrolla Byung-Chul Han. Ya no hay una torre central que vigila desde afuera, como en el modelo clásico de Bentham. Hoy nos exponemos voluntariamente, bajo una máscara de libertad. Participamos activamente de nuestra propia vigilancia. Subimos datos, emociones, opiniones, imágenes, con la promesa de pertenecer, de ser vistos, de no quedar afuera.




La dictadura del “me gusta” ordena el mundo: lo que no suma likes se invisibiliza; lo que incomoda se descarta. La negatividad —el conflicto, la contradicción, la crítica— queda fuera de escena. Así se construyen cámaras de eco donde todo parece libre, pero nada es realmente diverso. El control ya no pasa por el cuerpo, sino por la psique. No es biopolítica: es psicopolítica. Somos, al mismo tiempo, víctimas y actores de este sistema que explota nuestra subjetividad en nombre del rendimiento.
La Big Data funciona como un oráculo silencioso. No solo observa: predice, orienta, condiciona. Decide qué vemos, qué deseamos, qué tememos. Y lo hace sin imponer, sin prohibir, sin gritar. La dominación más efectiva es la que no se percibe como tal.
El sujeto de esta época gira en círculos. Produce emociones, administra su imagen, convierte cada gesto en desempeño. Se muestra para no desaparecer, se cuantifica para sentirse válido, se empuja hasta el límite para convencerse de que está viviendo. Pero cuando el día se apaga, lo que queda no es plenitud: es un cansancio espeso, difícil de nombrar, una tristeza que no responde a una causa puntual.
En la época en la que vivimos parece que todo avanza rápido, demasiado rápido, y quedarse quietxs parece una forma de quedar afuera. Estos tiempos no nos gritan: nos aceleran. No nos prohíben: nos empujan. La vida se volvió una carrera sin comienzo ni línea de llegada, donde frenar genera culpa y el descanso necesita justificarse. Habitamos un tiempo que no tolera la pausa y una cultura que mide el valor de las personas por su capacidad de estar siempre en movimiento.
En tiempos donde las nuevas derechas se apropian y hablan sin pudor de la palabra “libertad”, quizás sea urgente detenernos —aunque incomode— y preguntar: ¿de qué libertad nos están hablando? ¿La libertad de elegir, o la libertad de rendir? ¿La libertad de vivir, o la obligación de producir sin descanso?
No es el agotamiento de quien trabajó con el cuerpo, ni la fatiga digna del esfuerzo compartido. Es otro desgaste: más silencioso, más íntimo. Un cansancio que nace de la obligación de estar siempre bien, siempre activos, siempre disponibles. Del exceso de positividad que no deja lugar al vacío, a la duda, al sentido. Un cansancio producido por la exigencia constante de ser más, incluso cuando ya no queda nada para dar.
No todo cansancio es igual. Hay uno que nos vacía, que empuja hasta el borde y no deja margen para respirar. Es el cansancio del rendimiento, de la exigencia permanente, de no poder frenar nunca sin sentir culpa. Un cansancio que encierra, que aísla, que nos vuelve funcionales incluso en el agotamiento.
Pero existe otro cansancio, más hondo y más humano. Un cansancio que llega después de haber vivido el día, no de haberlo explotado. El que habilita sentarse, conversar, mirar cómo baja la luz. El que no exige respuestas ni resultados. Un cansancio que no destruye, sino que afloja; que devuelve la lentitud y nos permite, por fin, no hacer nada sin sentir que estamos fallando.
Descansar, en este contexto, no es escapar. Es resistir. Resistir al mandato de la eficiencia, a la idea de que cada minuto debe rendir, mostrarse, capitalizarse. Recuperar el derecho a la demora, al aburrimiento, a la pausa improductiva. En un mundo que celebra la acción constante y la exposición permanente, detenerse es un gesto político. No para salir del mundo, sino para habitarlo de otra manera.


No se trata de volver atrás ni de idealizar otros tiempos. Tampoco de desaparecer del mapa digital. La apuesta es más sutil: aprender a mirar de nuevo. Mirar sin consumir, sin publicar, sin medir. Defender el silencio como forma de inteligencia, la intimidad como territorio de libertad, la fragilidad como una verdad que nos vuelve comunes.
En la época del “sí, vos podés”, quizá el gesto más radical sea aceptar que no podemos todo. Frenar. Reconocer el límite. Y entender que en ese límite no hay derrota, sino la posibilidad concreta de otra forma de vida.
Frente a la trampa luminosa que confunde libertad con rendimiento, es necesario que elijamos la sombra necesaria de la pausa. Frente al mandato de producir sin descanso, reivindiquemos el derecho a no poder más. A no llegar. A no mostrarnos.
Detenerse no es caer: es tomar impulso. Callar no es desaparecer: es recuperar la voz. En un mundo que nos quiere siempre activos, visibles y disponibles, bajar la velocidad es un acto de desobediencia.
No queremos una libertad que nos agote, sino una que nos permita vivir. No una vida optimizada, sino una vida habitable. Cerrar los ojos un momento, corrernos del reflector, salir del circuito del rendimiento: ahí empieza otra altura posible. Ahí, quizás, comienza la verdadera libertad.




