8M ENTRE AJUSTE Y EMERGENCIA: DISCAPACIDAD EN ESCENA
Cada 8 de marzo se levanta el telón de una jornada de memoria, reclamo y lucha. En las calles, en los discursos y en los escenarios simbólicos de la política, las mujeres ocupamos—al menos por un día— el centro de la escena. Se habla de derechos, de igualdad, de violencia, de trabajo, de autonomía. Sin embargo, incluso en este momento que pretende ser de todas, hay quienes seguimos fuera del guión. Entre los márgenes estamos las mujeres con discapacidad.
OPINIÓNEMILCE MORAGUES
3/9/2026


AUTORA
Emilce Moragues


Esta construcción cultural no es neutral. Cuando una sociedad ha sido educada durante años para creer que las personas con discapacidad —y especialmente las discas— no podemos y nunca podremos ejercer plenamente nuestra autonomía, se vuelve más sencillo justificar que nuestras necesidades queden fuera de las prioridades públicas. Si se supone que siempre dependeremos de otros, entonces el retiro del Estado puede presentarse como algo natural, casi inevitable.
De ese modo, el neoliberalismo encuentra un terreno fértil. La idea de que “ necesitamos más o somos más gasto” termina funcionando como una coartada perfecta para trasladar responsabilidades al ámbito privado. Si se nos ha negado históricamente la capacidad de decidir y sostener nuestras propias vidas, resulta más fácil aceptar que el acceso a apoyos, tratamientos o condiciones de vida dignas quede librado a redes familiares o a recursos individuales. Así, una desigualdad cultural preexistente se convierte en la base silenciosa que permite profundizar inequidades políticas y económicas.
Desde ese lugar, se vuelve cuasi lógico que, frente a la retirada del Estado, se espere que busquemos apoyos informales o soluciones individuales. Pero hay una contradicción profunda en esa expectativa. Las redes no se tejen en el vacío. Las redes se construyen cuando las personas son reconocidas como sujetas capaces de decidir, de organizarse, de participar y de sostener su propia vida.


La historia del movimiento feminista ha logrado visibilizar muchas desigualdades que durante décadas permanecieron ocultas. Pero nosotras seguimos siendo, con demasiada frecuencia, un personaje lateral: presentes pero no nombradas, observadas pero no escuchadas, mencionadas como objeto de políticas o de cuidados, pero raramente reconocidas como protagonistas de nuestras propias historias.
En la Argentina actual, esta invisibilización se vuelve aún más evidente en medio de una situación que organizaciones y colectivos vienen denunciando desde hace tiempo: la emergencia en discapacidad. Es cierto que esta emergencia no empezó ahora. La precariedad, las barreras y la fragilidad del sistema han sido parte de la vida cotidiana de muchas personas con discapacidad durante años. Pero el contexto actual,vuelve esa realidad más cruda, más expuesta y más difícil de sostener.
El neoliberalismo suele presentarse como una propuesta meramente económica: decisiones técnicas, números fríos, ajustes, balances. Bajo esa lógica, muchos derechos se traducen en gastos y muchas necesidades se transforman en variables de cálculo. Lo que antes era entendido como responsabilidad colectiva pasa a ser interpretado como un asunto privado, algo que cada persona o cada familia debería resolver por su cuenta.
Para las mujeres con discapacidad, este desplazamiento tiene un peso particular. Porque no se trata sólo de políticas económicas. También hay una historia cultural que nos ha colocado siempre en un lugar de dependencia. Durante décadas, la sociedad ha construido la idea de que nosotras “no podemos solas”, que necesitamos permanentemente de otros para decidir, para movernos, para trabajar, para vivir.
Y en todo caso¿Quién puede con todo siempre solx?
Esa mirada ha funcionado como un libreto silencioso que se repite una y otra vez. En ese relato capacitista las mujeres con discapacidad no somos protagonistas. Somos personajes secundarios en relatos escritos por otros: especialistas, instituciones, familiares, discursos médicos o políticas públicas que hablan sobre nosotras sin incluirnos realmente o tratándonos como pérdida de capital.


Cuando históricamente se nos ha negado ese reconocimiento, pedir que resolvamos todo en el ámbito privado no es autonomía, es abandono. Y ese abandono es consecuencia de una otredad que nunca se cuestionó, cuando todo lo que tiene que ver con nosotras nunca estuvo en nuestras propias manos - sino de quienes “nos cuidan” - porque otrxs deben cuidarnos.
Por eso, quizás sea necesario revisar también quiénes aparecen en el centro del escenario y quiénes seguimos en los márgenes de la obra. Si el feminismo busca transformar las estructuras de desigualdad, la experiencia de las mujeres con discapacidad no puede seguir siendo una nota al pie.
No se trata solo de ser incluidas en discursos o en consignas. Se trata de reconocer que existimos como sujetas de derecho, capaces de decidir, de construir proyectos de vida y de ocupar el espacio público sin que nuestra autonomía sea constantemente puesta en duda.
En una sociedad verdaderamente democrática, el escenario no debería tener protagonistas predeterminados ni personajes condenados a permanecer entre bambalinas.
Las mujeres con discapacidad no somos una escena secundaria dentro de la historia de los derechos. Somos parte de la trama.
Y quizás, en un futuro 8 de marzo, cuando vuelva a levantarse el telón de esta jornada de lucha, no tengamos que reclamar un lugar en la obra. Simplemente estaremos allí, en el centro del escenario, hablando con nuestra propia voz mientras el aplauso ya no sea un gesto de reconocimiento excepcional, sino la confirmación de algo que debió ser evidente desde siempre: que también somos protagonistas.


