ECOS DE LO QUE CREÍMOS ENTERRADO
A 50 años del golpe, el 24 de marzo deja de ser solo memoria y se vuelve pregunta urgente sobre un presente donde el consenso se agrieta, las nuevas generaciones ya no se sienten interpeladas y viejas lógicas —económicas, políticas y culturales— reaparecen con otros nombres.
EDITORIALJOSÉ MARÍA ABALLA
3/24/2026


AUTOR
José María Aballa


Sería fácil y tranquilizador atribuirselo a la ignorancia, pero eso implicaría no querer ver algo más profundo, más difícil de asumir, que tiene que ver con el desencanto, con la frustración acumulada, con una promesa de futuro que durante años se fue corriendo un poco más adelante sin terminar de concretarse nunca, y entonces, en ese vacío, ¿cómo no va a encontrar terreno fértil un discurso que ofrece explicaciones simples, certezas rápidas, una épica individual donde el mérito reemplaza a la solidaridad y la libertad se redefine como la posibilidad de arreglarse solo?
Porque si algo quedó en evidencia en este tiempo es que no alcanza con tener razón en términos históricos o morales si no se logra construir un horizonte capaz de interpelarnos emocionalmente, y ahí es donde la pregunta se vuelve aún más incómoda: ¿en qué momento la política que se proponía como alternativa dejó de ser capaz de enamorar, de convocar, de proponer algo que no sea solo la advertencia del peligro, y cuánto de este presente también se explica por esa ausencia de sentido que otros supieron ocupar con discursos más directos, más crudos, pero también más eficaces a la hora de canalizar el malestar?
Entonces el pasado empieza a correrse, no porque desaparezca sino porque pierde espesor, se vuelve lejano, abstracto, algo que “pasó hace mucho” y que ya no dialoga con la vida cotidiana, y en ese desplazamiento lo que antes parecía impensable comienza a volverse posible, primero como relativización, después como justificación y finalmente como naturalización. Es ahí donde el “nunca más” deja de ser una certeza para transformarse en una pregunta abierta que nos interpela de manera brutal: ¿qué condiciones hacen falta para que una sociedad vuelva a tolerar, o incluso a legitimar, políticas que en otro momento hubiera rechazado de plano?


Hay feriados que interrumpen la rutina y hay otros, como este 24 de marzo, que además la interpelan, pero aun así la calle no se detiene del todo, apenas cambia el ritmo, se vuelve más lenta, más dispersa, y en medio de ese movimiento más apagado me crucé con un grupo de pibes, mochilas al hombro, celulares en la mano, riéndose con esa liviandad propia de la edad, como si el día fuera uno más, como si la fecha no cargara con nada que obligara a detenerse demasiado, y tal vez lo inquietante no era eso sino lo otro, lo que no aparecía: ninguna discusión, ningún conflicto, ninguna pregunta incómoda sobre el mundo que están heredando y, en ese vacío, casi sin quererlo, volví a pensar en lo que este día insiste en señalar desde hace décadas, en esos 50 años del golpe que durante tanto tiempo funcionaron como una frontera moral infranqueable que parecía ordenar el sentido común de nuestra sociedad, pero entonces la pregunta empezó a abrirse paso de manera inevitable: ¿en qué momento esa certeza empezó a resquebrajarse sin que termináramos de advertirlo?
Porque no se trata de afirmar livianamente que estamos frente a una repetición idéntica, sino de animarnos a registrar que empiezan a aparecer formas, discursos, decisiones políticas que dialogan de manera inquietante con aquel pasado, y entonces la pregunta se vuelve inevitable y profundamente incómoda: ¿cómo puede ser que, después de todo lo que sabemos, de todo lo que se juzgó, de todo lo que se dijo y se enseñó durante décadas, hoy una parte importante de la sociedad acompañe con convicción políticas que se asemejan, en sus lógicas más profundas, a las que se impusieron durante la dictadura y hasta qué punto esa respuesta no nos obliga a mirarnos, también, a nosotros mismos?
Tal vez durante mucho tiempo creímos que la memoria, sostenida como ejercicio ritual en actos, fechas y consignas, alcanzaba para blindarnos frente a cualquier retroceso pero, ¿qué pasa cuando recordar se convierte en repetir sin traducir, cuando el pasado se enuncia pero no se comprende en su dimensión estructural, cuando dejamos de entender que aquellas políticas no eran solo violencia explícita sino también el modelo económico que reorganizó la sociedad en función de unos pocos y en detrimento de la mayoría? Porque la dictadura no fue solamente desapariciones y censura, fue también una forma de disciplinamiento social, de transferencia de riquezas, de instalación de un sentido común donde el Estado debía retirarse y el mercado ordenar la vida. Y si hoy vemos reaparecer esas mismas lógicas bajo otros nombres, con otras estéticas, con otros modos de legitimación democrática, ¿no será que el problema nunca terminó de resolverse del todo?
Es en este punto que aparece otra pregunta mucho más incómoda, porque ya no busca solo hacia arriba sino también hacia los costados: ¿Qué está pasando con las nuevas generaciones para que, lejos de rechazar de plano esas ideas, muchas veces las abracen con entusiasmo, las defiendan, las conviertan en bandera?


Tal vez la conclusión más cruda sea aceptar que no alcanza con haber derrotado a la dictadura en el plano histórico si no se discuten en el presente las condiciones que la hicieron posible, porque los procesos sociales no desaparecen, se transforman, y si las desigualdades se profundizan, si el tejido social se rompe, si la política deja de representar y de ofrecer horizontes, entonces siempre existe la posibilidad de que reaparezcan formas más duras de ordenar lo que el sistema no logra resolver, pero entonces la pregunta final deja de ser abstracta y se vuelve urgente: ¿qué nos va a pasar como sociedad si no logramos revertir este rumbo a tiempo?
Porque el riesgo no es solamente retroceder de manera evidente, con gestos claros y rupturas explícitas, sino algo mucho más silencioso y por eso mismo más peligroso, que es acostumbrarnos, incorporar como normal lo que antes nos resultaba inaceptable, dejar de indignarnos, dejar de preguntarnos, dejar de ver
Y cuando eso ocurre, cuando el deterioro se vuelve paisaje y lo excepcional se transforma en cotidiano, ¿cuánto falta realmente para que descubramos que aquello que creíamos definitivamente enterrado nunca dejó de latir del todo?


