EL AGUA ES VIDA, LA ORGANIZACIÓN ES RESISTENCIA
Asambleas sanjuaninas se movilizaron en defensa de la Ley de Glaciares, denunciando los riesgos de su modificación y reclamando la protección del agua en una provincia atravesada por la crisis hídrica.
COBERTURASLAURA FERRARIS
2/9/2026


AUTORA
Laura Ferraris
El pasado 4 de febrero se realizaron en todo el país actividades en rechazo a la posible modificación de la Ley de Glaciares. Marchas, intervenciones culturales y acciones públicas pusieron en agenda la defensa del agua.
San Juan no fue la excepción. Las cuatro asambleas provinciales convocaron a una manifestación pacífica en la Plaza 25 de Mayo para visibilizar la problemática y expresar su preocupación por el tratamiento legislativo de la Ley Nacional 26.639 —sancionada en 2010— que protege glaciares y áreas periglaciares frente a la explotación minera.
Bombos tambores, bailarinas, cánticos, asambleístas y vecinos recorrieron el microcentro sanjuanino bajo la consigna “El agua es de los pueblos”. La marcha partió desde la Plaza 25, continuó por Ignacio de la Roza hasta Avenida Rioja, luego por Avenida Libertador hasta Mendoza, para regresar al punto de partida. Allí se realizó un acto donde tomaron la palabra representantes de asambleas, organizaciones sociales y la guía espiritual del pueblo nación Warpe, quienes enfatizaron la importancia de que los legisladores escuchen a la ciudadanía y mantengan una normativa que funciona como resguardo de las cuencas hídricas.
El agua en San Juan es un bien invaluable. En una provincia desértica, su preservación es vital. Actualmente, el territorio atraviesa una de las peores crisis hídricas de su historia, mientras sectores políticos impulsan modificaciones a una ley que protege reservas estratégicas de agua almacenadas en zonas periglaciares. Cuando las nevadas son escasas, el caudal que alimenta diques y hogares depende en gran medida del deshielo glaciar.
Tras la lectura de un comunicado, la Asamblea Agua Pura para San Juan cedió el micrófono a distintos referentes. Saúl, de la Asamblea “Jáchal No Se Toca”, cuestionó la desigualdad en el uso del recurso hídrico y advirtió sobre los riesgos de modificar la ley. Durante su intervención sostuvo:
“Con esta modificación van a habilitar a las corporaciones mineras para desafectar glaciares que hoy están protegidos. Técnicamente pueden justificar que no aportan agua significativa, pero lo que están haciendo es romper reservas estratégicas de agua.”




También vinculó la crisis hídrica provincial con la disminución de nevadas en la cordillera, señalando que:
“La sequía en San Juan no es porque no llueva, es porque no nieva lo suficiente. Cuando eso pasa, el aporte de los glaciares es invaluable.”
Luego hablaron Ciro y Florencia, de la Asamblea por el Agua de Valle Fértil. Ciro destacó el carácter colectivo de la movilización:
“Esto va más allá de un voto cada cuatro años. Nos involucra a todos y si no nos involucramos como pueblo, no se va a involucrar nadie más.”
¿Podés imaginar cómo sería vivir en el desierto sin acceso al agua? El agua no solo permite el desarrollo de actividades agrícolas —fundamentales para la vida humana— sino que sostiene directamente toda forma de vida. En territorios áridos como San Juan, su cuidado no es una consigna simbólica: es una condición de existencia.
En San Juan, como en otras provincias atravesadas por el modelo extractivo minero, distintos espacios ciudadanos asumen la responsabilidad de defender un bien común esencial. Actualmente son cuatro las asambleas que trabajan en la provincia para generar conciencia sobre el impacto ambiental de la megaminería y recordar a los legisladores que su función es proteger los intereses del pueblo, no los de grandes corporaciones que explotan recursos naturales bajo promesas de progreso que rara vez se traducen en bienestar para las comunidades.
Florencia, por su parte, remarcó la dimensión territorial del conflicto:
“Estamos poniendo el cuerpo porque nos quieren sacar de nuestros territorios. La defensa del agua es también la defensa de nuestra permanencia en esos lugares.”
Representantes de la Asamblea del Valle de Calingasta compartieron su reciente conformación y remarcaron que el cuidado ambiental debe ocupar un lugar central en cualquier proyecto de desarrollo. Uno de los oradores sintetizó el eje de la lucha:
“Sin agua no hay vida. A partir de ahí recién podemos hablar de trabajo o economía. El ambiente no puede seguir siendo una variable secundaria.”




La guía espiritual Amta Paz Argentina Quiroga aportó una reflexión desde la cosmovisión indígena, vinculando la defensa del agua con una ética de la vida:
“La ley más importante es la ley de la vida. El agua es sagrada porque sostiene toda existencia.”
También participaron referentes de organizaciones políticas. Cristian, del MST, planteó que el modelo megaminero enfrenta crecientes cuestionamientos sociales debido a sus promesas incumplidas y sus impactos ambientales. Virginia, del Partido Obrero, compartió experiencias de otras provincias, señalando que la expansión minera no se tradujo en mejoras estructurales para las comunidades locales.
Las intervenciones que se sucedieron durante la jornada dejaron ver una trama amplia y heterogénea: productores, vecinos, asambleas, militantes, referentes territoriales y voces ancestrales que, desde lugares distintos, confluyen en una misma preocupación. Más allá de matices políticos o estratégicos, el hilo conductor fue claro: el agua no puede ser reducida a un insumo productivo ni subordinada a lógicas extractivas. Cada testimonio evidenció que la defensa ambiental es, en esencia, una defensa de la vida cotidiana, de los territorios y de la continuidad de las comunidades que los habitan.
Defender la Ley de Glaciares, en este contexto, excede lo jurídico: implica asumir una posición ética frente al futuro. En una provincia atravesada por la aridez, donde cada ciclo de nieve define el acceso al agua, debilitar las protecciones existentes es jugar con un límite que no admite retorno. El agua no es una mercancía negociable ni un recurso reemplazable: es la condición material que sostiene la vida, la producción y la cultura. En San Juan, cuidar los glaciares es cuidar la posibilidad misma de habitar el territorio. Y esa responsabilidad —como quedó demostrado en la plaza— no es delegable: se construye colectivamente, porque donde el agua se defiende, se defiende la vida.


