CUANDO EL DERECHO A VOTAR VUELVE A ESTAR EN DISCUSIÓN
Hay cosas que una sociedad cree haber dejado atrás para siempre. La esclavitud. La censura. La prohibición del divorcio. Que una mujer necesitara permiso de un hombre para abrir una cuenta bancaria. Y también, claro, la idea de que las mujeres no deberían votar.
EDITORIALLAURA FERRARIS
7/29/2026


AUTOR
Laura Ferraris


Sin embargo, la historia tiene una costumbre peligrosa: cuando dejamos de mirarla, vuelve disfrazada de novedad.
En los últimos meses, distintos sectores de la ultraderecha estadounidense comenzaron a impulsar - nuevamente - una idea que parecía salida de un museo del machismo: el llamado "voto familiar". Lo presentan como una forma de fortalecer a la familia tradicional. Lo venden como una propuesta moderna. Pero debajo del envoltorio no hay innovación; hay una operación profundamente reaccionaria.
La lógica es sencilla y brutal. En lugar de reconocer a cada adulto como un ciudadano con derechos propios, la familia votaría como una unidad política, generalmente representada por el padre o el jefe del hogar. En algunas versiones se propone otorgar votos adicionales a quienes tengan hijos menores. En otras, directamente se diluye el peso del voto individual en favor de una representación familiar.
El resultado siempre es el mismo: las mujeres dejan de ser sujetas políticas autónomas.
Y cuando alguien propone eso en 2026, vale la pena recordar cuánto costó conseguir exactamente lo contrario.
Porque el voto femenino no fue un regalo de ningún gobierno ilustrado. Fue una conquista arrancada a fuerza de organización, cárcel, burlas, golpes y hasta muertes.
Las sufragistas inglesas encabezadas por Emmeline Pankhurst fueron encarceladas una y otra vez. Hicieron huelgas de hambre. El Estado respondió alimentándolas por la fuerza. Muchas fueron golpeadas por la policía. En Estados Unidos ocurrió algo similar. Marchas reprimidas, activistas detenidas y una resistencia feroz de quienes sostenían que la política era un asunto exclusivamente masculino.
¿Y cuáles eran los argumentos para negarles el voto?
Que eran demasiado emocionales. Que votar rompería la familia. Que ya estaban representadas por sus maridos. Que la política no era cosa de mujeres. Que su lugar era el hogar.
Suena antiguo. Ridículo incluso. Pero justamente esas ideas son las que hoy regresan maquilladas con palabras nuevas.
Porque cada retroceso en materia de derechos comienza igual: diciendo que no se está quitando nada. Que solamente se está "ordenando". Que hay que volver a los valores tradicionales. Que hay privilegios que eliminar. Que el feminismo fue demasiado lejos.
Y de a poco, derecho por derecho, la ciudadanía empieza a achicarse. Nunca es de golpe, siempre es por etapas.Primero se ridiculiza una conquista, después se demoniza a quienes la defienden, más tarde se instala que ese derecho genera problemas y finalmente aparece alguien proponiendo eliminarlo.
No es casualidad. Es un método.
Por eso el debate no debería preocupar solamente a las mujeres estadounidenses. Porque las ideas viajan. Las estrategias también. La nueva derecha internacional comparte discursos, financiamiento, referentes y objetivos. Lo que hoy aparece en un laboratorio ideológico de Washington o de Texas mañana puede terminar siendo un proyecto presentado en cualquier parlamento del mundo.
Y ahí es donde Argentina deja de ser un simple espectador.
Porque Javier Milei nunca ocultó su fascinación por la derecha estadounidense más radical. Se define como parte de esa batalla cultural. Repite sus consignas, adopta sus enemigos y celebra a sus principales referentes. Su objetivo declarado es convertir a la Argentina en el mejor alumno de ese modelo político y cultural.
No significa que hoy exista un proyecto para eliminar el voto femenino en nuestro país. Sería irresponsable afirmarlo. Pero sí existe una forma de hacer política que comparte el mismo ADN: cuestionar los avances conquistados por los movimientos de mujeres y diversidades, presentar las políticas de igualdad como privilegios y convertir los derechos humanos en un gasto innecesario.
Desde que asumió, el gobierno nacional desmanteló el Ministerio de las Mujeres, eliminó programas específicos destinados a prevenir violencias de género, redujo estructuras estatales vinculadas a políticas de diversidad, recortó áreas de acompañamiento y convirtió al feminismo en uno de sus enemigos preferidos en el discurso público.
Todo eso ocurre mientras en la Argentina una mujer es víctima de femicidio, en promedio, cada 42 horas. Detrás de ese número hay una historia interrumpida, una familia destruida, hijas e hijos que quedan sin madre y una sociedad que sigue llegando tarde.
Mientras miles de niñas, niños y adolescentes necesitan políticas de protección.
Mientras las personas LGBT+ siguen enfrentando discriminación, violencia y exclusión.
Cuando el Estado abandona esas políticas no desaparecen los problemas. Desaparece la respuesta pública frente a esos problemas.
Y eso tiene consecuencias concretas, porque las políticas de género nunca fueron un capricho ideológico. Nacieron porque había mujeres asesinadas. Porque había niñas abusadas. Porque había personas expulsadas de sus trabajos por ser quienes eran.
Porque había una desigualdad estructural que el mercado jamás resolvió por sí solo.
Por eso preocupa tanto esa fascinación casi obsesiva por importar cada batalla cultural que produce la ultraderecha estadounidense. No porque todo vaya a copiarse exactamente igual, sino porque la lógica siempre es la misma: convertir los derechos en privilegios, desacreditar a quienes luchan por ellos y convencer a la sociedad de que retroceder es, en realidad, avanzar.
La historia demuestra otra cosa: Ningún derecho cayó del cielo. Todos fueron conquistados. Y todos, absolutamente todos, pueden perderse. El voto femenino, el divorcio, la educación pública, la universidad gratuita, las leyes laborales, el matrimonio igualitario, la identidad de género. Nada está escrito en piedra.
Los derechos sobreviven únicamente mientras haya personas dispuestas a defenderlos.
Por eso la mejor respuesta frente a quienes quieren que algunas voces vuelvan a valer menos no es el silencio. Es entender que la democracia no consiste solamente en votar cada dos años, sino en defender permanentemente el derecho de todas las personas a tener la misma voz, el mismo valor y la misma dignidad.
Porque cada vez que alguien propone que una mujer valga menos políticamente, no está hablando únicamente del voto.
Está diciendo qué lugar cree que esa mujer debe ocupar en la sociedad. Y la historia ya nos enseñó demasiadas veces cómo terminan esos experimentos. La pregunta es si vamos a esperar a que vuelvan a repetirse o si vamos a levantar la voz antes de que sea demasiado tarde.
Por eso son tan importantes la organización, la memoria y la participación.


