EL ÚLTIMO ESCALÓN DEL COLECTIVO

A veces una escena mínima alcanza para mostrar el tamaño de un problema enorme, y esa escena abre una pregunta incómoda sobre el presente de lxs jubiladxs en Argentina: el ajuste, la represión de cada miércoles y un sistema previsional que se debilita mientras se naturaliza que la vejez se sostenga como pueda.

CRÓNICASJOSÉ MARÍA ABALLA

3/11/2026

AUTOR

José María Aballa

Apenas tocó la vereda, la multitud volvió a su ritmo habitual. Subir rápido. Marcar la SUBE. Conseguir asiento. Yo hice lo mismo pero, después de sentarme, me detuve un segundo. La vi quedarse quieta, respirando hondo, como si juntar aire fuera parte del esfuerzo de seguir viviendo.

Me quedé pensando en ese bastón improvisado. En el momento exacto en que dejó de ser un palo de hockey para convertirse en una herramienta de supervivencia. No conozco su historia. No sé si lo compró usado, si se lo regalaron, si era de una nieta, si lo encontró en algún rincón de su casa.

Pero sí puedo imaginar el recorrido que la llevó hasta ahí.

Y en ese ejercicio inevitablemente pienso en todo. En todxs. Pero, sobre todo, en lxs jubiladxs que hoy la pasan tan mal.

Pero sí puedo imaginar el recorrido que la llevó hasta ahí.

Y en ese ejercicio inevitablemente pienso en todo. En todxs. Pero, sobre todo, en lxs jubiladxs que hoy la pasan tan mal.

Parece una coincidencia forzada, pero hoy es miércoles. Y los miércoles, en este país, nuestrxs jubiladxs marchan para reclamar algo tan básico como lo es la dignidad. Y siempre, sin excepción, la respuesta que se les da no tiene nada que ver con el diálogo ni la escucha, la respuesta siempre es con represión: gas, empujones, palos. Como si el problema fuera la protesta y no el hambre. Como si el conflicto fuera el ruido y no el deterioro sistemático de sus condiciones de vida.

Pienso en lxs que dejaron de comprar medicamentos porque no les alcanza. En lxs que estiran las dosis. En lxs que evitan ir al médico porque el traslado también cuesta. En lxs que postergan un estudio, una prótesis, un audífono, un bastón verdadero. Pienso en cuántas cosas se habrán convertido en bastones improvisados en silencio.

No es solo ajuste. Es una forma de mirar y concebir la vejez. Las políticas del gobierno de Javier Milei hacia lxs jubiladxs no son un daño colateral, son una decisión. Licuar haberes en nombre del equilibrio fiscal. Desfinanciar el sistema previsional mientras se aprueban reformas laborales que precarizan el trabajo y reducen aportes. Debilitar el ANSES hoy es comprometer las jubilaciones de mañana.

La reciente reforma laboral regresiva presentada como modernización, flexibiliza, reduce contribuciones y desarma protecciones construidas durante décadas. Puede aliviar costos empresariales en el corto plazo, pero también erosiona la base de financiamiento del sistema previsional. Menos aportes hoy significan menos garantías mañana. Es matemática básica, aunque se la disfrace de épica reformista.

Y mientras tanto, se instala un relato donde el jubilado es un gasto, una carga, un número rojo en una planilla de Excel. Se intenta hacer olvidar que, detrás de cada haber, hay una vida entera de trabajo. Aportes hechos durante décadas. Impuestos pagados. Crisis atravesadas. Gobiernos soportados.

Lo más inquietante no es solo el presente. Es la naturalización. Que nos acostumbremos a ver abuelxs reprimidxs. Que aceptemos que “no hay plata” como si fuera una ley física y no una decisión política. Que miremos para otro lado porque todavía no nos toca.

Hoy fui a buscar a mi hija al colegio y, mientras esperaba el colectivo, pensaba en lo que pensamos casi todxs en estos días. Cómo hacer para sobrevivir sin que el mes se vuelva más largo que el sueldo.

En eso llegó el A. Y pasó lo que pasa siempre. Gente que se apura, que se empuja, que quiere subir primero como si el orden de ascenso definiera algo más que unos segundos de ventaja. Yo estaba lejos de la puerta y vi cómo el primero que subió reculaba para dejar bajar a alguien. Ese momento, mínimo, se hizo eterno.

Era una abuela. Bajaba despacio los escalones del colectivo. En la mano llevaba un palo de hockey viejo, gastado, que usaba como bastón. No era un bastón comprado en una ortopedia. No era un elemento pensado para sostener el cuerpo. Era lo que había. Lo que quedó. Lo que se pudo improvisar.

Estiró la mano buscando otras manos de apoyo. Encontró varias. Y con mucha dificultad terminó de bajar.

Pero nos va a tocar.

Algún día vamos a ser nosotrxs lxs que bajemos despacio del colectivo. Lxs que necesitemos una mano para completar el último escalón. Lxs que dependamos de un sistema previsional que hoy se está desfinanciando. Y quizás entonces entendamos que las reformas celebradas como valientes eran, en realidad, hipotecas sobre nuestra propia vejez.

A veces no dimensionamos que el futuro no es una abstracción. Tiene rostro. Tiene cuerpo. Tiene manos que tiemblan buscando apoyo y se encuentran en el presente cotidiano.

Hoy ese rostro era el de una abuela con un palo de hockey convertido en bastón.

A veces la verdadera medida de una sociedad aparece en los lugares más simples, en cómo tratamos a quienes ya no pueden correr al mismo ritmo que el resto. En sí somos capaces de sostener a quienes pasaron décadas trabajando, aportando, construyendo algo que ahora también es nuestro.

Aceptar que lxs más frágiles paguen el costo de experimentos económicos no es valentía política. Es abandono. Aplaudir la dureza cuando se ejerce hacia abajo no es orden, es indiferencia.

Porque si la dignidad en la vejez empieza a convertirse en un lujo, entonces no estamos avanzando como sociedad. Estamos retrocediendo. Y lo más inquietante es que muchxs todavía creen que ese futuro les queda demasiado lejos como para preocuparse.

Hasta que un día llega. Y ya es tarde.