LA FOTO, LA CALLE Y LA IMPUNIDAD
De José Luis Cabezas a Pablo Grillo, el periodismo argentino sigue pagando un precio demasiado alto por mostrar lo que el poder quiere ocultar. La memoria no es pasado: es disputa presente.
OPINIÓNLAURA FERRARIS
1/26/2026


AUTORA
Laura Ferraris
El 25 de enero fue el Día Nacional del Reportero Gráfico, una fecha que busca mantener viva la memoria de José Luis Cabezas, el fotógrafo de la revista Noticias que, en el verano de 1996, hizo lo que parecía imposible: ponerle rostro al poder económico.
Cabezas, junto a su compañero el periodista Gabriel Michi, se encontraba cubriendo la temporada de verano en Pinamar cuando llegó el dato de que Alfredo Yabrán estaba allí. Fueron semanas de guardias interminables, pistas falsas y paciencia infinita. Hasta que, en un balneario de Pinamar, Cabezas logró la foto del empresario más nombrado y menos conocido de la Argentina. Una imagen que rompió el pacto de invisibilidad.
Al año siguiente, cuando la dupla volvió a la costa para cubrir el verano de los famosos, llegó el desenlace fatal. Ambos asistieron a una fiesta organizada por Oscar Andreani, pero no se retiraron juntos.
El 25 de enero de 1997, el auto de Cabezas apareció incendiado en una cava de General Madariaga. El reportero tenía dos disparos en la cabeza. Tras la fiesta, fue secuestrado por una banda encabezada por Gustavo Prellezo, entonces oficial de la Policía Bonaerense, que actuaba bajo las órdenes de Yabrán. El mensaje fue claro: hay fotos que no se perdonan.






El asesinato de Cabezas desnudó una verdad incómoda: la alianza entre el poder económico, las fuerzas de seguridad y los sectores políticos puede costar una vida. Y esa vida, a veces, se convierte en bandera. Casi 30 años después, la impunidad sigue teniendo un sabor amargo porque muchos de los responsables continúan en libertad.
José Luis Cabezas se volvió, con el tiempo, mucho más que un caso judicial: es un símbolo político del periodismo argentino y de sus límites forzados. Su asesinato condensó de forma brutal la complejidad de un entramado donde informar se vuelve peligroso cuando interpela intereses reales. En ese sentido, la comparación con Pablo Grillo no funciona como un paralelo directo ni como una repetición exacta de la historia, sino como una advertencia. Grillo no es Cabezas, pero su caso señala un rumbo posible, un escenario que se insinúa y que obliga a preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer —como sociedad y como oficio— para no llegar nuevamente a ese punto de no retorno.
En un comunicado reciente, familiares, periodistas, organismos de derechos humanos y referentes políticos volvieron a nombrar a Cabezas. Pero también sumaron otro nombre que duele: Pablo Grillo.
Cuando comencé a estudiar Periodismo en la Facultad de Ciencias Sociales, una de las primeras aulas que conocí fue el Aula Taller “José Luis Cabezas”. En la entrada, una placa conmemorativa recuerda algo que el tiempo no logró borrar y que hoy, lejos de perder vigencia, vuelve a doler con fuerza.
“NO SE OLVIDEN DE CABEZAS”, decía un folleto con su foto, pegado en la carpeta de una docente que nos daba Producción Gráfica. Ella insistía, una y otra vez, en la importancia de seguir la ruta del dinero y de ser fiel a la verdad, incluso —y sobre todo— cuando incomoda.
“A 28 años del crimen de José Luis Cabezas, el 12 de marzo pasado, en plena Plaza Congreso y a la vista de todas y todos, fue herido de gravedad y en forma deliberada nuestro colega Pablo Grillo”, señalaron.
El texto remarca que su agresor, el cabo de Gendarmería Héctor Guerrero, fue respaldado por la fuerza a la que pertenece y por la entonces Ministra de Seguridad (ahora Senadora de la Nación), Patricia Bullrich, mientras el Presidente de la Nación se desentendía del caso.


“Pero hoy el cabo Guerrero está procesado por la Justicia por lesiones gravísimas, y el protocolo antidisturbios con el que intentaron disimular su crimen ha sido considerado ilegal en sede judicial. Otra vez, son las víctimas, las familias, los compañeros y los ciudadanos de a pie quienes, en la calle, han sostenido el reclamo para exigir justicia”, agrega el comunicado.
Pablo por su parte continúa evolucionando favorablemente en su internación en el Hospital M. Rocca de la Ciudad de Buenos Aires comentó la familia desde la cuenta oficial de instagram “Justicia Por Pablo Grillo” donde resaltaron “Que la justicia avance nos da la tranquilidad de que todo su esfuerzo tiene sentido. Gracias por tanto cariño y acompañamiento. Besos de paciencia".
Pero la tranquilidad de la familia contrasta con la actitud de Patricia Bullrich que, a principios de enero, repudió el procesamiento del gendarme: “Que la Justicia lo haya procesado y que haya actuado como actuó es un dato de la Justicia. Yo lo que te puedo decir es que vi las pericias, conozco las pericias y dan que el gendarme tiró de manera correcta. Ni siquiera se sabe qué gendarme tiró, esa es la realidad de la causa”.
Bullrich justificó este ataque a la prensa enmarcandolo en una lógica de confrontación, donde las graves lesiones de un trabajador aparecen como un costo asumible. “¿Puede haber consecuencias? Sí”, admitió sin matices, y defendió el accionar oficial al sostener que, pese a “algún problema como el caso de Grillo”, las medidas adoptadas permitieron “orden y paz en las calles de Buenos Aires”.
En ese contexto, el desafío del periodismo actual —y especialmente del periodismo joven— es no retroceder. Seguir preguntando, denunciando, investigando y mostrando, incluso cuando incomoda, incluso cuando el costo parece alto. La verdad no es un privilegio del poder: es un derecho del pueblo. Y quienes elegimos este oficio asumimos una responsabilidad que va más allá de la coyuntura, del miedo o de la conveniencia. Porque si informar se vuelve peligroso y callar se vuelve norma, entonces el silencio deja de ser neutral y pasa a ser cómplice.
Cabezas y Grillo no son hechos aislados ni nombres del pasado: son advertencias. Recordarlos no es un gesto nostálgico, es una posición política y ética. Porque mientras informar, registrar y mostrar siga siendo peligroso, la democracia estará en deuda. Y porque exigir justicia, hoy como ayer, sigue siendo la única forma de decir, una vez más, no nos olvidemos.


