LA LIBERTAD DEL MÁS FUERTE: POR QUÉ LA REFORMA LABORAL ES UNA CAÍDA EN PICADA
Cuando te venden “libertad”, revisá si no te falta un derecho en el bolsillo. Esta reforma laboral no moderniza: desguaza. No equilibra: empuja. No libera: encadena. Es la vieja ley de la selva repintada con aerosol libertario.
OPINIÓNDAVID ALOS
12/13/2025


AUTOR
David Alos
Ya lo vivimos con la Ley de Alquileres versión Milei: la “libertad” dejó de ser un pacto entre partes y pasó a ser el cartel luminoso que anuncia quién manda. Un mercado sin reglas, que en el fondo era un viejo feudo con un nombre nuevo. Y ahora van por el trabajo: la joya que siempre quieren rematar cuando la macro se les hace cuesta arriba.
Porque seamos sinceros: si a la patronal le das la chance de extender la jornada, ¿de verdad pensás que va a elegir acortarla? Si puede pagar menos por las horas extras, ¿en serio imaginás que va a ser más generosa? Si le habilitás “compensaciones en especie”, ¿alguien sueña con que elija la opción más cara? Esta reforma no está pensada para generar empleo: está pensada para licuar vidas, para abaratar cuerpos, para convertir derechos en saldos. Y ni siquiera lo ocultan: la verdadera ganancia está en despedir barato. Ese es el motor secreto del proyecto. Libertad sí, pero para cortar la cuerda.
La cantinela de la “industria del juicio” es otra joya del relato mileísta. Repiten que la indemnización es alta porque hay un festín de abogados carroñeros. Mentira. La indemnización es alta porque es el único límite que todavía impide que una empresa te eche como si estuvieras vencido. Es la barrera mínima que equilibra un vínculo naturalmente desigual. Sacala, y lo que queda es una ley gravitatoria simple: cae el que está abajo.
Otra fantasía útil del guión libertario: “El kirchnerismo nos robó libertad”. La historia reciente es bastante menos poética: antes del kirchnerismo no había libertad, había estallido social, corralito, Argentinazo, fábricas cerradas y un Estado que parecía un esqueleto acéfalo. Con todas sus fallas —que las tuvo y en muchas versiones— ese ciclo político bajó el desempleo, amplió derechos, estabilizó salarios y reconstruyó un piso vital. No es cuestión de nostalgia: es cuestión de honestidad histórica. Lo que hoy llaman “cepo de derechos” fue lo que evitó que el país se siguiera derrumbando.
Pero esta contrarreforma, escrita por y para las grandes corporaciones, no apunta a mejorar empleo, ni a aliviar a las pymes, ni a ordenar un sistema fallado. Apunta a otra cosa: a liberar a los grandes jugadores del único obstáculo real que enfrentan. No la competencia. No la inversión. No la infraestructura. El obstáculo es el trabajador que todavía tiene derecho a reclamar.






¿Querés incentivar la contratación? Tocá donde duele: en el costo de contratar, no en los derechos de quien vive de su salario. No puede pagar lo mismo el kiosco del barrio que una corporación que factura en dólares. No puede tributar igual un almacén que una multinacional que terceriza hasta el aire. El problema no son los derechos: es un esquema tributario que ya no refleja la trama real del país. Pero ajustar sobre el trabajador es más rápido. Más fácil. Más silencioso. Y más cruel.
Cada vez que se discute una reforma laboral en Argentina, la cuerda se tensa siempre del mismo lado. Y siempre corta del mismo lado. Las patronales no pierden. El Estado, según quién lo administre, tampoco. La montaña se inclina hacia los de arriba, mientras abajo corren los que llevan el peso. Y, de paso, si se puede encorsetar los derechos laborales y comenzar a correr los sindicatos del mapa.
Esta vez, la caída promete ser más veloz. Más vertical. Más feroz.
Y si nadie frena, al fondo no hay colchón: solo un valle seco donde la palabra “libertad” no significa otra cosa que “la libertad del más fuerte para aplastar al resto”.
Hay palabras que aparecen en los discursos como si bajaran en paracaídas desde el Olimpo del marketing político: flexibilidad, modernización, libertad de contratar. Vienen envueltas en plástico brillante, cargadas de una mística medio zen, medio empresaria. “¿Quién podría estar en contra de la libertad?”, preguntan con esa macabra sonrisa a la que nos tienen acostumbradxs. Y sí, ¿quién? El tema es que en Argentina, cada vez que el poder económico usa ese término, conviene ponerse el casco y revisar dónde está escondida la trampa. Casi siempre la esconden cerca del bolsillo del laburante. Y esta reforma laboral —que venden como el nuevo tónico milagroso del progreso— es exactamente eso: una navaja disfrazada de rescate.
La premisa suprema de este tema es delirante: que empleador y trabajador son dos sujetos libres y plenos, negociando entre iguales. Como si fueran dos montañistas compartiendo la misma cuerda, la misma mochila, el mismo vértigo, la misma experiencia. Bueno, no, no ha funcionado, no funciona, ni funcionará así. Uno pone la montaña, el equipamiento, el pronóstico, la cuerda, y si quiere la corta. El otro pone el cuerpo, la respiración y la esperanza de no caer. Hablar de “libertad de pactar” en semejante asimetría no es ingenuo por parte de este gobierno: es simplemente deshonesto. Y un Estado que mira para otro lado cumple el rol perfecto: juez ausente, testigo mudo, cómplice útil.
