LA FICCIÓN DEL AJUSTE Y LA REALIDAD DE LOS GILES
Mientras el gobierno promete crecimiento, libertad y prosperidad, cierran empresas, se recortan derechos y se ajusta a quienes sostienen el país todos los días. Entre discursos contradictorios, imágenes fabricadas y reformas que castigan a lxs de abajo, la Argentina vuelve a caminar por un camino conocido: el de las garantías para pocos y las consecuencias para millones.
EDITORIALDAVID ALOS
2/13/2026


AUTOR
David Alos


Se habla de cerrar empresas como si fueran números en una planilla. Se habla de reforma laboral como si empleador y trabajador fueran “socios naturales”, ignorando la desigualdad estructural que existe entre quien tiene el capital y quien sólo tiene su fuerza de trabajo. Se promete que no se perderán derechos mientras se promueven leyes que, en la práctica, debilitan las protecciones conquistadas durante siglos de lucha.
Y en ese coro de discursos aparece también Patricia Bullrich, repitiendo en el Senado que en la Argentina mueren más empresas de las que nacen, como si ese diagnóstico justificara el ajuste y no lo contrario, como si ese diagnóstico no fuera un espejo de las políticas que adopta el gobierno actual. Sus palabras no llegan desde un lugar neutral: forman parte de una trayectoria política marcada por su participación en gobiernos que, simbólica y empíricamente, descargaron el peso de las crisis sobre la clase trabajadora y lxs jubiladxs.


En esta Argentina que parece caminar hacia atrás como si el tiempo fuera una escalera mecánica descompuesta, la historia vuelve a sonar como un eco incómodo. No es casualidad que muchxs sientan que en cualquier momento se viene la segunda parte de La odisea de los giles: otra vez discursos de prosperidad mientras en la vereda de enfrente bajan las persianas, otra vez promesas de libertad mientras se achican los derechos.
El ministro de Economía, el Messi de las finanzas Luis “Toto” Caputo, |dice que llevemos los dólares al banco, que eso hará crecer la economía, bajar impuestos, generar empleo y subir salarios. “Todo beneficio”, asegura. Pero en la misma escena, periodistas le advierten que están cerrando entre 20 y 30 empresas por día. La respuesta oficial es casi surrealista: “cierran y abren”, como si la destrucción de puestos de trabajo fuera un simple trámite administrativo, una estadística sin rostros, sin historias, sin ollas que llenar.
Ese tono optimista, desconectado de la angustia real, hace acordar a aquella cadena nacional de Fernando de la Rúa, meses antes del Argentinazo de 2001, cuando el entonces presidente cerraba su mensaje con una frase que quedó grabada en la memoria colectiva: “qué bueno es dar buenas noticias”. Mientras el discurso prometía tranquilidad, en las calles crecía el desempleo, la bronca y la desesperación. La historia argentina sabe de relatos que no logran tapar la realidad, y también sabe cómo terminan esos momentos cuando la distancia entre el poder y el pueblo se vuelve insostenible.
Mientras tanto, otros funcionarios hablan de libertad, de competitividad, de responsabilidad individual, como si la economía fuera una carrera donde todxs largan desde la misma línea. Pero la realidad no es una teoría económica: es un almacén que baja la persiana, es una fábrica que despide, es un barrio que se queda sin changas. No es un “reacomodamiento”, es un golpe directo a la vida cotidiana de millones.


Desde los recortes previsionales de comienzos de siglo hasta las políticas de seguridad y ajuste en etapas más recientes, su figura vuelve a aparecer cada vez que la receta es la misma: apretar a los de abajo para “ordenar” la economía. No es una frase aislada, es una continuidad histórica.
Se pretende bajar la edad de imputabilidad como si el problema fuera la maldad de lxs pibes y no el abandono estructural que los empuja a los márgenes. Como dijo el Indio Solari hace años, el Estado no puede ser penal antes que social. Pero en esta etapa, parece que el castigo llega primero y la inclusión queda para después… si es que llega.
Se habla de financiamiento universitario mientras se proyectan ajustes que impactarán directamente sobre docentes, nodocentes y estudiantes. Se gobierna a fuerza de decretos o de recursos legales para no soltar un peso para quienes hacen todos los días a nuestro país una Argentina grande, tensionando los límites del Congreso y de la Constitución, como si las reglas del juego democrático fueran un obstáculo y no una garantía.
Y en medio de los incendios, en el sur del país, aparece una imagen generada con inteligencia artificial: el presidente saludando bomberos en una escena que nunca ocurrió. Una postal ficticia para una tragedia real. Un gesto simbólico que refleja el espíritu de época: la representación por encima de la realidad, la imagen antes que la acción.
Todo esto en una atmósfera que recuerda a los años noventa: flexibilización, precarización, salarios en cuotas, tickets en lugar de derechos. Un país donde el riesgo siempre cae del mismo lado, donde la libertad parece ser sólo para quienes ya tienen todo resuelto.
Las contradicciones se acumulan: se promete crecimiento mientras se multiplican los cierres; se habla de libertad mientras se ajusta a la universidad pública; se defiende la vida mientras se recortan políticas sociales; se habla de orden mientras se debilitan las instituciones democráticas.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿pueden estas personas, con estos diagnósticos y estas prioridades, tomar decisiones que representen y beneficien a 47 millones de argentinos y argentinas? ¿O estamos frente a un experimento ideológico donde el pueblo es la variable de ajuste?


Porque la economía no es un juego de números ni un laboratorio de teorías importadas. Es la mesa familiar, el trabajo digno, el acceso a la educación, el derecho a la salud, el futuro de lxs pibes y pibas. Es la vida concreta de un país entero.
Desde abajo, desde las construcciones colectivas, sabemos algo que la historia ya nos enseñó muchas veces: cuando la realidad contradice el relato, el relato no se sostiene para siempre. Y cuando los derechos retroceden, los pueblos - tarde o temprano - se organizan para recuperarlos.
Porque no hay libertad sin justicia social. No hay progreso con hambre. No hay futuro si el presente se vuelve invivible.
Desde Escalando Alturas sabemos que hay una luz al final del túnel: la historia argentina, aunque algunos no quieran recordarlo, siempre termina escribiéndose desde la calle, desde la organización, desde la esperanza que no se resigna a bajar la cabeza.


