LO ÚNICO MÁS PODEROSO QUE EL ODIO ES EL AMOR: EL MANIFIESTO LATINO DE BAD BUNNY O LA PESADILLA DE TRUMP
Cuando el amor se vuelve colectivo, se vuelve invencible. No venimos a hablar de gustos musicales. Venimos a hablar de poder. De quién nombra. De quién canta. De quién existe. En el corazón del espectáculo más grande del capitalismo global, un artista latino decidió no pedir permiso. Decidió cantar en castellano. Decidió decir América y señalar que América somos todxs. Que no es una marca registrada del norte, sino un continente mestizo, herido y luminoso. No fue entretenimiento. Fue política. Fue símbolo. Fue soberanía cultural.
EDITORIALESCALANDO ALTURAS
2/10/2026


AUTOR
David Alos


Un Despliegue de Simbolismo: Reclamando el nombre de un continente
A quienes duden del peso político de estos 14 minutos, los invito a observar el detalle más subversivo del show: la recuperación semántica de "América". En un país que se ha apropiado del nombre de todo un continente para usarlo como gentilicio propio, Bad Bunny rompió el protocolo imperial. Al nombrar uno a uno los países de nuestra región, desde el Caribe hasta el Cono Sur, le recordó al mundo que América no es una nación, sino un continente vibrante, mestizo y diverso.
Este gesto no fue azaroso. Fue un acto de soberanía frente a la doctrina de la exclusión. Otros puntos clave que hicieron estallar al conservadurismo fueron:
El idioma castellano como soberanía: Fue el primer show en décadas cantado exclusivamente en español. Sin traducciones, obligando al imperio a escuchar el ritmo de quienes construyen su país desde las sombras.
La unidad continental: La presencia de figuras como Ricky Martin, Karol G y Pedro Pascal no fueron cameos vacíos, sino la demostración de un bloque cultural que ya no pide permiso para estar en la mesa.
Banderas contra Muros: Ver las insignias de Latinoamérica ondeando en el corazón de la cultura anglosajona es la respuesta más política al asedio paramilitar del ICE y las promesas de deportación masiva.


Jamás imaginé dedicar estas líneas a un artista con cuya estética musical no suelo comulgar. Sin embargo, hay momentos en que el arte trasciende el gusto personal para convertirse en un hecho político ineludible. Lo ocurrido en el escenario del Super Tazón no fue simplemente un show de medio tiempo; fue una declaración de guerra cultural, un manifiesto estético y una bofetada de realidad frente al auge de los discursos de supremacía que hoy intentan asfixiarnos.
La bofetada al supremacismo
Bajo la consigna "Lo único más poderoso que el odio es el amor", Bad Bunny ejecutó una operación de resistencia simbólica en el corazón mismo del imperio. La reacción no se hizo esperar. Fiel a su estilo, Donald Trump utilizó sus plataformas para vomitar su desprecio, calificando el espectáculo como "una bofetada en la cara de nuestro país" y sentenciando que "nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo".
Para el magnate, el hecho de que el evento más visto de la televisión estadounidense fuera colonizado íntegramente por el castellano fue una afrenta personal. Trump llamó al baile "repugnante" y al show una "afrenta a la grandeza de Estados Unidos". Pero lo que realmente le duele no es la música, sino la visibilidad de una comunidad que él intenta borrar mediante decretos. Mientras sus políticas activan dispositivos para criminalizar la herencia hispana, Bad Bunny respondió convirtiendo el campo de juego en una embajada de toda Latinoamérica.


El Espejo Argentino: Milei y el desprecio por lo popular
Este fenómeno tiene un eco escalofriante en nuestra Argentina. El gobierno de Javier Milei, en su afán por imitar la estética y la crueldad del trumpismo, ha iniciado una cruzada moral contra la cultura nacional. Al igual que Trump, Milei desprecia lo que no entiende o lo que no puede domesticar. Sus ataques sistemáticos a artistas populares buscan lo mismo que el muro de Trump: la homogeneización de la identidad y la eliminación de la disidencia.
Milei y Trump comparten la misma alergia a la alegría colectiva. Para ellos, el arte solo es válido si guarda silencio o si es funcional al mercado. Ver a Bad Bunny plantarse frente al mundo con orgullo latino es el recordatorio de que la identidad no se puede ajustar ni callar, y que la cultura es el último refugio donde el autoritarismo siempre sale derrotado.
Ver este espectáculo es entender que la sazón es un acto de rebeldía. Es la respuesta política más audaz que se le puede dar a un presidente que nos prefiere invisibles.
Una Invitación a la Audacia
No importa si usted prefiere el rock, el tango o el folclore. Lo invito a ver este medio tiempo como un acto de desobediencia civil. Bad Bunny utilizó la plataforma más grande del capitalismo para ejecutar una invasión pacífica de dignidad.
En una Argentina que hoy se esfuerza por parecerse a una mala copia de la Florida trumpista, defender nuestra identidad es la única forma de no desaparecer. Aplaudir este gesto es, en última instancia, defender nuestra propia existencia frente a quienes nos consideran indignos de habitar nuestro propio suelo.


