¿PARA QUIÉN GOBIERNA UN PRESIDENTE?

Las declaraciones de Javier Milei sobre la microeconomía reabren un debate de fondo: cuál es el rol del Estado frente a las desigualdades y si gobernar consiste solamente en ordenar los números o también en cuidar a las personas.

EDITORIALDAVID ALOS

8/5/2026

AUTOR

David Alos

Gobernar un país no es administrar una planilla de Excel. Gobernar un país es hacerse cargo de las personas que viven adentro de esa planilla.

Esta semana, Javier Milei dejó una frase que merece ser pensada. Cuando Esteban Trebucq le preguntó por la microeconomía, por esa economía cotidiana que viven los comercios, las pymes, los trabajadores y las familias, el Presidente respondió que él no discute sentimientos, que discute datos. Y después fue más allá: planteó que no está para "salvar" a los sectores que la están pasando mal. Incluso preguntó si lo que le estaban proponiendo era "meter la mano del Estado" para beneficiar a algunos.

Y ahí aparece el verdadero debate.

Porque esa pregunta parte de una idea muy particular del Estado: la de un Estado que, cada vez que interviene, está favoreciendo arbitrariamente a unos por encima de otros. Pero la política, al menos desde una concepción democrática y de justicia social, nunca funcionó así.

El Estado no existe para mirar una carrera desde la tribuna mientras algunos largan cien metros adelante y otros con una mochila de cincuenta kilos sobre la espalda. Existe porque las sociedades son profundamente desiguales y porque, si nadie corrige esas desigualdades, la libertad termina siendo un privilegio de quienes ya tenían ventajas.

Cuando el Estado financia una universidad pública, ¿beneficia a unos pocos? Cuando sostiene un hospital público, ¿está perjudicando a quienes pueden pagar una clínica? Cuando garantiza una jubilación, una beca estudiantil, una política de vivienda o un crédito para una pyme, ¿está eligiendo ganadores y perdedores? ¿O está intentando construir una sociedad donde el punto de partida sea un poco menos injusto?

La igualdad nunca fue tratar a todos exactamente igual. La igualdad consiste en entender que no todos llegan al mismo lugar desde las mismas condiciones.

Por eso, cuando un gobierno decide fortalecer a los sectores más vulnerables o acompañar a quienes atraviesan una crisis, no necesariamente está premiando a unos por encima de otros. Está intentando equilibrar una balanza que, librada exclusivamente a las reglas del mercado, suele inclinarse hacia quienes ya concentran más recursos, más oportunidades y más poder económico.

Claro que esa intervención debe ser eficiente, transparente y estar orientada al bien común. Se puede discutir cómo hacerlo, con qué herramientas y hasta dónde debe llegar el Estado. Ese debate es legítimo. Lo que cuesta aceptar es la idea de que cualquier intervención estatal destinada a reducir desigualdades sea, por definición, una injusticia.

Porque la macroeconomía puede mostrar números alentadores. Puede bajar la inflación, mejorar el equilibrio fiscal o estabilizar algunas variables. Pero si mientras tanto un comerciante vende menos, una pyme cierra, un jubilado no llega a fin de mes o una familia tiene que resignar una comida, entonces aparece una pregunta incómoda: ¿para quién está mejorando la economía?

Los datos son indispensables. Pero detrás de cada dato hay personas.

Y gobernar consiste, justamente, en no perderlas de vista.

La política nació para hacerse cargo de los conflictos que el mercado no resuelve por sí solo. Si todo dependiera únicamente de quién gana y quién pierde, entonces no haría falta votar presidentes, ni legisladores, ni intendentes. Alcanzaría con esperar que el mercado decidiera el destino de cada uno.

Pero las democracias eligieron otro camino. Eligieron que existiera un Estado capaz de intervenir cuando las desigualdades se vuelven insoportables, cuando el crecimiento no llega a todos y cuando hay argentinos que, aun trabajando todos los días, no logran vivir con dignidad.

La verdadera discusión no es macro o micro. La verdadera discusión es qué entendemos por gobernar.

Si gobernar es simplemente cuidar indicadores, alcanza con una computadora.

Si gobernar es construir una sociedad donde el progreso tenga lugar para todos, entonces hace falta algo más: hace falta sensibilidad, decisión política y la convicción de que el éxito de un país no se mide solamente por los números que cierran, sino también por la cantidad de personas que pueden mirar el futuro con un poco más de esperanza.

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