PRESUPUESTO 2026: EL AJUSTE QUE SE DISFRAZA DE MILAGRO

Con números prolijos y derechos en rojo, el Presupuesto 2026 dibuja un país estable para las planillas y devastado para la vida cotidiana, donde el ajuste deja de ser excepción y pasa a ser destino. Una legalización un recorte profundo al conocimiento, la universidad y la ciencia, mientras el ajuste se vende como sensatez y el retroceso como progreso.

EDITORIALDAVID ALOS

12/27/2025

AUTOR

David Alos

La universidad pública, esa que permitió que hijos de laburantes sean primera generación universitaria, queda librada a la buena voluntad del mercado y a la caridad presupuestaria. La ciencia, esa que permitió soberanía sanitaria, tecnológica y productiva, pasa a ser vista como un lujo prescindible. No hay casualidad: un país que no invierte en conocimiento es un país que acepta ser colonia. Y eso, aunque lo griten con banderas de “libertad”, tiene nombre viejo: dependencia.

Mientras tanto, el presupuesto habla de aumentos “por encima de la inflación proyectada”. Proyectada por el mismo gobierno que liberó los precios, pulverizó salarios y ahora promete que todo se va a acomodar mágicamente. Es la economía del deseo, no de la realidad. Porque si algo no aparece en el Presupuesto 2026 es una recomposición real del poder adquisitivo, ni para trabajadores, ni para jubilados, ni para estudiantes. Hay números prolijos, sí. Pero la prolijidad contable no alimenta ni educa.

El equilibrio fiscal se convierte en fetiche. Un tótem incuestionable. No importa qué se equilibre ni a costa de quién. Importa poder decir “cerraron las cuentas”. Es la lógica del administrador de consorcio aplicada a un país desigual: si el edificio está limpio pero adentro se vive sin agua, igual es éxito. Y eso se celebra en el Congreso con votos cruzados, acuerdos silenciosos y la cobardía habitual de quienes dicen “no es ideal, pero es lo posible”.

Porque este presupuesto no se votó solo. Se votó con complicidades. Radicales, PRO y sectores del peronismo que una vez más eligieron la gobernabilidad del ajuste antes que el conflicto político necesario. No alcanza con decir “no había alternativa”. La alternativa es siempre política, y acá se eligió sostener un modelo que concentra riqueza y desarma lo público. El resto es relato para consumo interno.

El Presupuesto 2026 no ordena la economía: ordena la desigualdad. Define que haya estabilidad para el capital y precariedad para el trabajo. Define que haya previsibilidad para la deuda y ajuste permanente para los derechos. Define que el Estado sea fuerte para garantizar pagos y débil para garantizar dignidad.

Y lo más grave: intenta convencernos de que esto es inevitable, que es lo único posible, que cuestionarlo es infantil o irresponsable. Esa es la verdadera batalla cultural: naturalizar que vivir peor es ser adulto. Que reclamar educación, ciencia y derechos es vivir en el pasado. Que el futuro es ajuste, silencio y agradecimiento.

Desde una mirada crítica, este presupuesto no se discute solo en términos de números. Se discute en términos de proyecto de país. Y el proyecto que expresa es claro: menos derechos, menos Estado de derecho, menos igualdad y más mercado decidiendo quién vive bien y quién apenas sobrevive.

No hay equilibrio fiscal que justifique dinamitar el futuro. No hay superávit que compense una generación sin acceso al conocimiento. No hay estabilidad macroeconómica posible en un país que elige desinvertir en su pueblo.

El Presupuesto 2026 no es una hoja de ruta hacia el desarrollo. Es un mapa del ajuste, cuidadosamente redactado para que parezca sensatez. Y frente a eso, la neutralidad no existe. O se acompaña, o se resiste.

Hay algo profundamente cínico en llamar “madurez económica” a un presupuesto que se construye recortando futuro. Pero el cinismo no es un efecto colateral: es el método. El Presupuesto 2026 no es un error técnico ni una mala estimación; es un programa político que decide quién merece existir y quién debe sobrar. Y, como casi siempre, sobran la educación, la ciencia, la universidad pública, la investigación y todo aquello que no rinda ganancia inmediata en el Excel del equilibrio fiscal.

Nos dicen que este es el primer presupuesto “serio” en años. Traducido al español llano: el primer presupuesto que no simula pudor al ajustar. Se vota como un logro histórico haber llegado al superávit, aunque ese superávit se obtenga amputando derechos básicos. El truco es viejo, pero ahora se presenta con una estética nueva: motosierra, gritos, conferencias performáticas y una épica del sacrificio que, curiosamente, siempre sacrifican los mismos cuerpos. Porque cuando nos dicen que hay que estar mal para estar bien, solo los de abajo sufrimos ese malestar, porque los ricos de siempre cada vez se hacen más ricos.

El relato oficial promete inflación baja, dólar estable y crecimiento sostenido. Promesas lanzadas con la liviandad de quien no va a pagar el costo social si fallan. Porque cuando fallen —y la historia argentina demuestra que los ajustes fallan— no van a ajustar a los especuladores ni a los grandes grupos económicos: van a volver a ajustar a la escuela pública, al hospital, al CONICET, a la universidad, a la jubilación mínima. El presupuesto ya lo deja claro: la supuesta estabilidad se financia con vaciamiento estructural.

Uno de los movimientos más brutales —y menos discutidos— del Presupuesto 2026 es la eliminación de los pisos de inversión en educación y ciencia. No es un detalle técnico. Es una decisión ideológica de enorme profundidad. Significa que el Estado se desentiende, por ley, de garantizar los mínimos necesarios para formar docentes, investigadores, médicos, ingenieros, científicos. El mensaje es claro: el conocimiento deja de ser un derecho, pasa a ser un gasto ajustable y un privilegio para algunos pocos.