ROMPER LAS FILAS
“Follow the leader” como una metáfora incómoda: líderes que prometen certezas absolutas, sociedades cansadas que buscan soluciones rápidas y decisiones tomadas desde el poder que pueden arrastrar a millones. Entre la geopolítica global y la política argentina, ¿qué pasa cuando seguimos al de adelante sin mirar el abismo que se abre al final de la fila?
OPINIÓNJOSÉ MARÍA ABALLA
3/7/2026


AUTOR
José María Aballa
Miro lo que pasa en el mundo y esa imagen me hace ruido. Cuando una potencia como Estados Unidos decide tensar al máximo la cuerda con Irán, cuando un presidente como Donald Trump convierte la confrontación en espectáculo y el ataque en demostración de carácter, cuando los discursos se vuelven más incendiarios que diplomáticos y la lógica del golpear primero reemplaza a la de negociar, uno no puede evitar sentir que estamos todos caminando en fila hacia algo que puede salir muy mal. Porque en el mundo de hoy una chispa no queda aislada, se convierte en incendio global.
El ataque de Estados Unidos a Irán no fue solo un movimiento militar. Fue un mensaje político, un gesto de poder hacia afuera y hacia adentro. Y en ese tipo de decisiones el margen de error es mínimo, pero las consecuencias pueden ser infinitas. Un ataque no es solo un ataque. Es la respuesta que viene después. Es la represalia, la contra-represalia, los aliados que se alinean, los mercados que se desploman en cuestión de minutos, el precio del petróleo que se dispara, las bolsas que tiemblan, las monedas que se devalúan.
Es la tensión que se expande como una onda expansiva invisible y llega a lugares que en el mapa parecen lejanos pero en la economía real están conectados por mil hilos.
Y mientras los líderes hablan de estrategia, de disuasión y de firmeza, lo que se activa abajo es el miedo. Miedo a una guerra más grande. Miedo a un error de cálculo. Miedo a que alguien interprete una señal como provocación y responda con algo irreversible. En un escenario donde existen armas capaces de borrar ciudades, la palabra “impulsivo” deja de ser un rasgo de personalidad y se convierte en una amenaza concreta.
Lo inquietante es esa sensación de fragilidad, es increíble pensar que algunas decisiones tomadas en despachos cerrados - quizás para enviar un mensaje político interno o reforzar una imagen de fortaleza - puedan alterar la vida de millones que no votaron eso, no opinaron al respecto y no tuvieron injerencia alguna. Familias que solo quieren trabajar, estudiar, vivir en paz, pero quedan atrapadas en una partida que no eligieron jugar.




Y entonces vuelve la metáfora de la fila. Países que apoyan sin cuestionar. Opiniones públicas que se encolumnan detrás de banderas y consignas simplificadas. Medios que toman conflictos complejísimos y los reducen a relatos de buenos y malos. Todo se ordena detrás de un liderazgo que promete control absoluto en un mundo que, en realidad, es cada vez más imprevisible.
Y lo que más asusta no es la estrategia militar ni los movimientos geopolíticos en sí mismos. Es la idea de que una decisión impulsiva, tomada desde el ego o la necesidad de demostrar poder, pueda poner en riesgo a millones que no tuvieron nada que ver. Es la fragilidad de depender de líderes que juegan a ser imprescindibles.
Tampoco hace falta irse tan lejos: acá, en Argentina, también sabemos lo que es subirnos a la lógica del “que venga alguien y rompa todo”. El hartazgo era real. El enojo también. Y en ese clima apareció Javier Milei, prometiendo dinamitar el sistema y empezar de nuevo.
Hace unos semanas me dio por volver a escuchar música de los 90. Entre tema y tema apareció Korn y, casi sin querer, quedó en la pantalla la portada de Follow the Leader. En su momento no le presté mucha atención. Era simplemente parte de esa nostalgia noventosa que a veces nos agarra. Pero en estos días la imagen me volvió a la cabeza.
La escena es inquietante: una rayuela dibujada sobre la tierra termina en el borde de un precipicio. Una nena avanza, casi danzando, hacia el vacío. Detrás, otros chicos esperan su turno, atentos, listos para saltar detrás de ella. Nadie parece mirar más allá del último casillero. Nadie parece preguntarse qué hay después. “Sigue al líder”. Y el abismo deja de ser una posibilidad para convertirse en destino.
Me quedé pensando en lo fácil que es, a veces, hacer exactamente eso. Seguir. Confiar. Delegar. Creer que el que va primero sabe algo que nosotros no.
Muchos lo votaron convencidos. Otros lo votaron resignados. Otros, simplemente, querían probar algo distinto. Pero la idea de fondo era parecida: seguir al que parecía tener una certeza absoluta. Al que gritaba más fuerte. Al que decía no tener miedo.
Hoy, con reformas que retroceden derechos laborales, con una economía que aprieta cada vez más y con mucha gente diciendo que se arrepiente en voz baja, o ya no tan baja; la metáfora del precipicio vuelve a aparecer. No porque todo esté perdido ni porque no haya salida, sino porque queda claro que las decisiones concentradas en una figura pueden afectar la vida cotidiana de millones en tiempo récord.
No escribo esto desde un pedestal ni desde una superioridad moral. Lo escribo como alguien que también se deja llevar por el clima de época, que también se cansa, que también quiere soluciones rápidas. Pero cada vez estoy más convencido de que cuando depositamos todo en un líder, sea en Washington o en Buenos Aires, estamos simplificando demasiado algo que es mucho más complejo.
La democracia no es seguir al primero de la fila. Es discutir, dudar, cuestionar, incluso al que votamos. Es incómoda. Es lenta. A veces desespera. Pero es lo único que evita que caminemos todos juntos, ordenaditos y convencidos, hacia un lugar del que después no sabemos cómo volver.
Capaz la portada de “Follow the Leader” era solo eso, una imagen provocadora de los 90. O capaz era una advertencia que sigue vigente. La diferencia la hacemos nosotrxs. Si seguimos mirando al de adelante… o si, de una vez por todas, levantamos la vista para ver hacia dónde vamos.




