VOLVER A GRITAR LO QUE ALGUNA VEZ CALLAMOS

Hay momentos en que el poder habla y deja ver su verdadero rostro. En esa conferencia conjunta, entre sonrisas y aplausos forzados, el gobierno dejó claro a quién le rinde cuentas y a quién está dispuesto a sacrificar.

OPINIÓNDAVID ALOS

2/7/2026

AUTOR

David Alos

El ALCA, el Área de Libre Comercio de las Américas, era el proyecto de Estados Unidos para convertir a todo el continente en un gran mercado sin barreras, donde las economías latinoamericanas quedaran subordinadas a la potencia del norte. Un acuerdo que prometía “libre comercio”, pero que en la práctica implicaba abrir nuestras industrias, nuestros recursos y nuestros mercados a una competencia desigual, sin herramientas de protección, sin soberanía económica y sin posibilidad de desarrollo autónomo.

No era un tratado entre iguales. Era la institucionalización de la dependencia.

Por eso, en 2005, varios gobiernos latinoamericanos —con diferencias, con matices, con sus propias contradicciones— dijeron que no. Argentina, Brasil, Venezuela, Uruguay, Paraguay y otros países entendieron que ese acuerdo significaba firmar la renuncia al proyecto de una América Latina con voz propia.

El rechazo al ALCA no fue un capricho ideológico. Fue una decisión política basada en la experiencia histórica de la región: cada vez que abrimos la economía sin condiciones, el resultado fue el mismo. Desindustrialización, endeudamiento, pobreza y dependencia.

De la soberanía al servilismo con aplausos

Lo que hoy propone el gobierno es exactamente lo contrario. Un alineamiento automático con Estados Unidos. Un acuerdo comercial del que poco se sabe, pero del que ya se intuye lo esencial: abrir mercados, flexibilizar regulaciones, facilitar negocios para los de arriba y prometer un derrame que nunca llega.

Hablan de libertad, pero es la libertad de los fondos especulativos para entrar y salir cuando quieran. La libertad de los grandes capitales para comprar barato lo que es de todos. La libertad de un puñado para hacer bicicleta financiera mientras el resto del país ajusta el cinturón.

Los dólares llegan, dicen. Pero no llegan a los salarios, ni a las jubilaciones, ni a las pymes, ni a los barrios. Circulan en otro circuito: el de las mesas de dinero, el de los balances financieros, el de los negocios rápidos. Es la libertad de unos pocos, pagada con la vida de muchos.

Y en ese escenario, la escena de la conferencia de prensa es reveladora. No alcanza con decir lo que dicen. Necesitan aplausos. Necesitan obediencia. Necesitan que la sala confirme que la historia se puede dar vuelta con una consigna.

El jefe de Gabinete pidiendo aplausos es la postal perfecta de este tiempo: un gobierno que no sólo exige ajuste, sino también entusiasmo. Que no sólo pide silencio, sino celebración. Que no sólo quiere obediencia, sino aplausos coordinados.

No era una frase, era un rumbo

El “ALCA al carajo” no fue un slogan vacío. Fue la expresión de un momento político en el que América Latina intentó pararse de otra manera frente al mundo. Con errores, con límites, con tensiones internas, pero con una certeza: no todo lo que viene del norte es progreso, y no toda integración es sinónimo de desarrollo.

Ese gesto, además, estuvo acompañado por decisiones concretas: la cancelación de la deuda con el FMI, la recuperación de herramientas de política económica, el intento de reconstruir un tejido productivo devastado por los años noventa.

Hoy, desde el atril oficial, se intenta ridiculizar ese momento. Convertirlo en una postal de atraso. En una especie de error histórico que ahora viene a corregirse con obediencia y entusiasmo pro-mercado.

Pero la historia no es una frase suelta. Es un rumbo. Y los rumbos se pagan caro.

El precio del retroceso

Lo que este gobierno presenta como un avance —volver a alinearse sin condiciones con Estados Unidos, abrir la economía, festejar la subordinación— es, en realidad, un regreso a recetas que ya conocemos. Y cuyos resultados también conocemos.

En la conferencia de prensa conjunta del canciller y el jefe de Gabinete, el gobierno nacional decidió volver sobre una de esas frases que quedaron grabadas en la memoria política de nuestro continente: el “ALCA, ALCA, al carajo” de la Cumbre de las Américas de 2005. Pero no para reivindicarla, no para explicar su sentido histórico, no para ponerla en diálogo con el presente. La usaron como objeto de burla. Como si fuera una anécdota vergonzante. Como si defender la soberanía hubiese sido un error que hoy, por fin, viene a corregirse.

“Veinte años después, gracias a Dios, podemos gritar viva la libertad, carajo”, dijo el canciller, con una sonrisa de manual. Y acto seguido, el jefe de Gabinete pidió aplausos. No por un logro concreto, no por un anuncio que mejore la vida del pueblo, no por una conquista social o productiva. Aplausos por una frase. Aplausos por una rendición simbólica. Aplausos por el gesto de ponerse del lado del imperio.

Y así, como si fuera un acto escolar, los presentes aplaudieron.

Qué era el ALCA y por qué se lo rechazó

Cada vez que se priorizó la bicicleta financiera por sobre la producción, terminamos en crisis. Cada vez que se firmaron acuerdos desiguales, el saldo fue más pobreza y menos industria. Cada vez que se prometió libertad de mercado, el resultado fue menos libertad para el pueblo.

Por eso no es un detalle menor lo que se dijo en esa conferencia. No es una anécdota. Es una definición política. Es una forma de pararse frente al mundo. Es un proyecto de país.

Y también es una advertencia: cuando los aplausos son obligatorios, la libertad es sólo un eslogan.

Porque la verdadera libertad no se grita en una sala de prensa. Se construye en las fábricas que siguen abiertas, en las escuelas que no se caen a pedazos, en los salarios que alcanzan, en la soberanía que no se negocia.

Y esa libertad, la del pueblo, no se aplaude por orden de nadie. Se defiende. Se organiza. Se pelea.